6 de abril de 2018

Derechos Humanos

"Nos pasearon secuestrados adentro de la Ford"

Luis María Degiusti no podía creer lo que le ocurría. Hasta llegó a lamentarse porque no podría ir a bailar ese fin de semana. Sin embargo, cuando escuchaba el canto de José Feliciano, "Aturdido y abrumado, por la duda de los celos / Se ve triste en la cantina a un bohemio ya sin fe", reaccionaba para evitar ser llevado a la "picana". El comienzo de la célebre canción "La copa rota" indicaba que alguien sería torturado con corriente eléctrica en los calabozos de la Comisaría de Tigre. por Alejandro Jasinski


Aquel baño de realidad le hacía recordar entonces a Degiusti que hasta el momento de su secuestro, el mismo 24 de marzo de 1976, era uno de los cinco delegados del comedor de la sección estampado de la empresa Ford Motors Argentina. A fines de 1975, dos de sus compañeros habían renunciado a la función gremial. Desde la empresa, eran categóricos: "La mano viene difícil para ustedes". Él y los otros dos revolearon por los aires los millones de pesos ofrecidos para irse de la fábrica. Cuando se produjo el Golpe de Estado de marzo de 1976, fueron secuestrados, torturados y despedidos.

Este recuerdo surgió del testimonio de este martes 3 de abril en una nueva audiencia del "Juicio a Ford", que se desarrolla ante el tribunal oral federal nº 1 de San Martín, donde se le imputa a dos ex altos directivos de la empresa la comisión de delitos de lesa humanidad contra veinticuatro ex trabajadores.

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Degiusti, después de la declaración, muestra los telegramas de despido de Ford. Jorge Constanzo, quien compartió trabajo y cautiverio con él, lo acompañó en la audiencia.

Degiusti, que también fue miembro de la comisión interna de Ford, apuntó alto: "Los gerentes estaban recontra enterados, ellos mismos nos mandaron presos", subrayó ante el tribunal, para enseguida explicar que a los pocos días de estar secuestrados le enviaron a su mamá dos telegramas intimidatorios, hasta que finalmente recibió el telegrama de despido unos días antes de salir en libertad: "Es una clara prueba de que conocían, ellos sabían", apuntó.

El tiempo como arma

Entrerriano de origen, Degiusti ingresó a Ford en 1971, con diecisiete años, para lavar ollas en el comedor de la planta automotriz de General Pacheco, norte de la provincia de Buenos Aires. Unas trescientas personas, la mayoría jovenes como él, atendían los salones donde comían -por separado- los operarios, empleados y jerárquicos de la empresa.

Jóvenes e irreverentes, después de trabajar, se juntaban con varios compañeros a jugar a la pelota en las canchas del predio, sin mayores preocupaciones, hasta que un día se enteraron que dos de los suyos habían sido despedidos por afiliarse al sindicato de gastronómicos. "Nos juntamos cuatro o cinco, nos fuimos para la CGT y pedimos hablar con el secretario general", recordó Degiusti acerca de su inicio en la actividad gremial. Era 1973, año del comienzo del tercer gobierno peronista y de uno de los momentos más álgidos de la lucha obrera en el país.

"Varios pensaban que se podían afiliar individualmente, pero te echaban al otro día", contó y agregó que entonces en la sede de la CGT los recibió José Rodríguez, secretario general del SMATA (sindicato de mecánicos), quien les dio todo su apoyo para la afiliación. Es que la cuestión radicaba en el reencuadre sindical: la diferencia salarial y de condiciones de trabajo eran muy superiores para los mecánicos en relación a los gastronómicos. "El que barría en el comedor cobraba 12 mil pesos, y el que lo hacía en la planta, cobraba 26 mil", explicó Degiusti.

Con el apoyo del interesado del sindicato, en una semana lograron una afiliación colectiva, de unos ochenta trabajadores, y eligieron delegados. Al poco tiempo, los trabajadores del comedor habían doblado sus sueldos, tenían mejores condiciones de trabajo, provisión de equipamiento adecuado, pago por guardería y hasta el Día Femenino. "A partir de ahí se empezaron a cumplir las reglas", sentenció Degiusti.

Aquel rápido triunfo era apenas una muestra de lo que podían conseguir. Degiusti recordó la conflictividad que los tuvo como protagonistas a mediados de 1975, hecho que "nos hizo dar cuenta que éramos muy importantes para Ford". A comienzos de julio de aquel año, el viernes 4, enfrentando las medidas de ajuste dispuestas por el gobierno de Isabel Perón y su ministro Celestino Rodrigo, una marea humana se desplazó en columnas obreras combativas a lo largo de la Panamericana, intentando ingresar a la Capital Federal. Esas columnas pasaron por General Pacheco. Los trabajadores del comedor de Ford no marcharon entonces porque no coincidían políticamente con los planteos; pero cuando al lunes siguiente se enteraron que la empresa había despedido a veinticinco compañeros, realizaron su primera medida de fuerza.

Próximas audiencias: martes 17 de abril y jueves 3 de mayo , 9.30 hs., Tribunal Oral Federal Nº 1, Pueyrredón 3728, San Martín, Pcia. Buenos Aires.

Los delegados del comedor solicitaron una reunión con los jefes, que les fue negada. Entonces, reunidos en asamblea, decidieron comenzar con un trabajo a reglamento, en una zona de la empresa donde se despachaban setescientos trabajadores cada quince minutos: "trabajamos lento, muy lento, se formó una cola tremenda", recordó Degiusti. Enseguida, los gerentes del comedor y de la planta solicitaron una reunión con ellos porque se atrasaban los tiempos de la producción. "Los atendimos recién a las tres de la tarde", agregó el ex trabajador. Todos los despedidos del comedor fueron reincorporados, de forma paulatina, pero cobrando todos los días perdidos. No había ocurrido lo mismo con los quinientos operarios despedidos de las secciones de producción, recordó.

Luego del Golpe, a partir del cambio de razón social de la empresa concesionaria del comedor, explicó Degiusti, los trabajadores del comedor de Ford perdieron el derecho de estar encuadrados como mecánicos.

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Primer telegrama recibido por la mamá de Digiusti, firmado por la empresa, donde se intima al trabajador secuestrado y torturado presentarse a trabajar.

Un paseo de terror

A Degiusti se lo llevaron el mismo día del golpe, el 24 de marzo, junto a su compañero del comedor, también delegado, Jorge Constanzo, quien se había quedado luego del turno de la mañana para calmar a los compañeros del comedor ante las novedades políticas del día. Degiusti estaba en la zona de pastelería, comiendo una empanada, cuando le avisaron que lo buscaban unos muchachos. Salió por la zona de ingreso de proveedores y empleados y no le dieron tiempo a reaccionar. Personas de civil, apoyadas por soldados del Ejército, lo tiraron al piso de un Ford Falcon, donde también fue a parar Constanzo.

"Nos pasearon adentro de la Ford", declaró Degiusti, señalando en un mapa el recorrido que siguió el coche hasta que los depositaron en uno de los quinchos del campo recreativo del predio, que los trabajadores del comedor conocían muy bien. Según su recuerdo, desde hacía varios meses, llevaban allí unas veinte viandas por turno cada día para los militares que ya habían ocupado el lugar. Allí mismo, recibieron durante algunas horas golpizas brutales. "¡Así que vos sos machito, y defendes a las mujeres!", le decían.

Tirados en el piso del mismo Falcón, fueron sacados del predio fabril por la puerta principal, la número 1. Degiusti reconoció el recorrido que siguió el coche durante los primeros tramos, pasando por la planta de Terrabusi, cerca de donde los bajaron y les practicaron simulacro de fusilamiento: "Lo bajan a Jorge y luego siento un tiro. Me bajan a mi también, me hacen caminar unos diez metros y me apoyan la cabeza contra una camioneta. Yo veía, tenían armas largas. Me apoyan en la nuca y gatillan. Me preguntan quién soy varias veces, hasta que respondo: ’Soy argentino y peronista’. ’Entonces te vamos a matar’, me dicen, pero disparan al aire. Caigo sobre el cuerpo de Jorge. Pensé que me habían tirado y no sentía nada", relató.

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Segundo telegrama recibido por la mamá de Digiusti, firmado por la empresa, donde se intima al trabajador secuestrado y torturado presentarse a trabajar.

Constanzo y Degiusti estuvieron diez días en la Comisaría de Tigre. Junto a ellos estaba también otro delegado, de la sección de Estampado, Marcelino Reposi. Trabajadores de la línea de colectivos 60, también presos, les daban consejos sobre qué hacer frente a las golpizas y las torturas. Luego fueron llevados al penal de Villa Devoto (donde les hicieron firmar papeles para admitir que eran los "Montoneros de Ford"), y finalmente pasaron sus últimos seis meses presos en el penal de La Plata, hasta que les concedieron la libertad condicionada, situación que duró hasta el 10 de diciembre de 1983.

Quizás por ingenuidad o por pura prepotencia de la necesidad, Degiusti volvió a Ford para cobrar el sueldo impago, pero sus días posteriores le hicieron entender la condición de marginación social en la que había quedado: "Uno pasa a ser otra persona, se hace difícil trabajar, me levantaba a las cuatro de la mañana para buscar trabajo. Trabajé en la empresa Kenia lavando ollas, pero duré quince días, hasta que llegaron mis antecedentes penales. No se lo deseo a nadie, no tenes derecho a nada".

Lección de vida

A diferencia de lo ocurrido en las audiencias anteriores, la defensa de los ex directivos de la empresa pareció resignada frente a la fuerza del testimonio de Degiusti, tanto que sólo los abogados de Héctor Sibila formularon algunas preguntas. Quizás también haya ayudado la sensación de que en la audiencia anterior la tensión alcanzó un punto demasiado alto. Las inquietudes de rigor de la defensa, respecto de si los testimoniantes sabían sobre los atentados "terroristas" producidos en la empresa o si el sindicato encabezado por José Rodríguez era el responsable de los secuestros -entre otras-, recibieron respuestas escuetas.

Sucedió incluso que una de estas pocas preguntas le permitió a Degiusti explayarse sobre un tema fundamental que había quedado pendiente para la querella. Al preguntar cuántos delegados había en el comedor, Degiusti agregó que no eran sólo tres, sino cinco, y que los dos restantes que no habían sido secuestrados habían renunciado a las funciones gremiales tiempo antes.

Al finalizar, cuando el presidente del tribunal, Diego Berroetaveña, cerraba la audiencia, Degiusti solicitó unos minutos para dar unas palabras finales, dirigidas a los tres jueces: "Confió en ustedes y les pido que juzguen a los responsables de nuestros sufrimientos, para el futuro, para que tengamos un mundo más humanizado".

Imágen de tapa: Degiusti, con apenas veinte años, y sus jóvenes compañeros del comedor de Ford. En la foto, sentado a la izquierda, apoyado en la ventana, de camisa amarilla.




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