14 de enero de 2018

Derechos Humanos

El amigo de Maldonado al que Bullrich persigue

Ariel Garzi, que declaró en la causa por la desaparición y muerte de Santiago Maldonado, todavía no se recupera del dolor mientras es perseguido por el Ministerio de Seguridad al mando de Patricia Bullrich, que lo acusa sin pruebas de pertenecer a la RAM. El último samurái de la Patagonia. Por Juan Alonso | Nuestras Voces.


Ariel Garzi llega con su campera negra de cuero y un cigarrillo de tabaco armado. Cruza la calle en diagonal mirando hacia los costados con desprecio. Es agosto. Hace mucho frío en El Bolsón. La llovizna fina y helada es el presagio de una tormenta de nieve. El bar está lleno. Entre los comensales, nos enteramos luego, hay cierto grupo mafioso, que nos observa. La primera vez que lo entrevistamos a Garzi fue durante la serie documental que realizamos con Daniel Tognetti y un equipo de jóvenes realizadores para C5N y Página/12, a mediados del 17, con el auge de la militarización del Sur.

Ese día, entre risas y bromas ante el desamparo que sentíamos por la desaparición de Santiago Maldonado, lo apodé “El último samurái”. Los fotógrafos y camarógrafos se reían de la ocurrencia cinéfila. A él, amigo íntimo de Santiago y testigo de la causa que investiga su muerte, eso le hace gracia. Anda con sus borceguíes para todos lados y no pierde el humor, pese a lo dramático de la situación. La ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, lo hostiga y persigue judicialmente, lo mencionó en el Congreso ante todos los medios del país, y lo ubicó en ese mamotreto de la infamia de 180 páginas sobre la Resistencia Ancestral Mapache (RAM).

Tal es así que Garzi, según el Estado, es parte de la RAM. Todo un delirio. La Justicia Federal lo procesó por resistencia a la autoridad tras la brutal represión, luego del 10 y 11 de enero del 17, cuando Fausto Jones Huala (hermano de Facundo) estuvo en estado de coma y perdió un oído, y Emilio Jones Huala (primo del lonko preso) recibió un balazo de goma en la mandíbula que casi lo mata.

En esas horas de vacío y miedo, Garzi fue a dar con sus huesos a la prisión y después de una semana de pabellón en el penal federal de Esquel tuvo una sola certeza: denunciar a sus captores, quienes en enero del 17 balearon a 7 manifestantes solidarios con el pueblo mapuche, con la ayuda de un mayordomo de Benetton y el silencio cómplice del Poder Judicial de Chubut y Río Negro. Además, Ariel no cejó un instante en denunciar que el 2 de agosto -24 horas después de la desaparición de Santiago- lo llamó a su teléfono celular chileno y alguien le respondió durante 22 segundos y cortó la comunicación. Esa llamada todavía no fue investigada por el juez subrogante Gustavo Lleral y es uno de los tantos enigmas que tiene el expediente caratulado como desaparición forzada.

La insistencia de la fiscal Silvina Ávila por cambiar la carátula a “muerte dudosa” aún no tuvo eco en la pesquisa llevada a cabo por Lleral, quien regresa en febrero a Esquel con una serie de nuevas testimoniales. Entre ellas, a un grupo de buzos del Cuartel de Bomberos de Trelew, que analizaron el lecho del río Chubut –donde fue hallado el 17 de octubre, el cuerpo de Santiago después de 78 días de mentiras y una tortura infinita a su familia infligida sin piedad por el gobierno dialoguista de Cambiemos-, con la asistencia de la División Criminalística de la Policía Federal y la supervisión del Cuerpo Argentino de Antropología Forense (CAAF).

Ante estos y otros interrogantes, Ariel no duda: “A mi amigo se lo llevó Gendarmería. Que digan lo que quieran. Están los testimonios, están los momentos previos a la desaparición. El día que encontraron el cuerpo de Santiago fue uno de los más tristes de mi vida. La impotencia que sentí fue terrible”.

Cuenta que se conocieron en la feria de artesanos de El Bolsón donde él vendía arcos y flechas artesanales y Santiago tatuaba. Había llegado desde Cipolletti con los sueños intactos.

“Yo tenía el sueño de vivir libremente sin depender del sistema ni de nadie. Mis viejos amigos del barrio, Eli y El Negro habían venido antes a esta zona, y tanto me insistieron que decidí viajar para quedarme. Así lo conocí a Santiago. Nosotros hablábamos de los pueblos originarios. Cuando le conté cómo fue la represión de enero del año pasado se puso a llorar como un chico. Era un pibe muy sensible incapaz de hacerle mal a nadie. Nos gustaba hablar de música. Entre hip hop y punk andábamos por ahí en la esquina de la Biblioteca del Río, cerca de donde él vivió en una casita antes de irse a la Pu Lof, y con la poca señal de Internet nos comunicábamos con la familia y amigos”.

-¿Lo extrañas?

-Obvio que lo extraño al “brujito”.

-¿Por qué le decían “brujito”?

-Porque si te veía resfriado te prohibía que tomaras un aspirina o lo que sea. Te daba unas hierbas y enseguida te curabas de los síntomas gripales. Andaba siempre con plantitas en la mochila e investigaba mucho sobre el saber y el poder de curación que está presente hace siglos en la cultura mapuche. Santiago buscaba respuestas. En eso también coincidíamos. Buscábamos las respuestas en la naturaleza.

-¿Y qué aprendiste?

-Aprendí que la amistad y la lealtad son importantes. Aunque ya lo sabía desde siempre. No me arrepiento de poner el pecho por una causa justa. No me arrepiento de haber estado apoyando a la comunidad mapuche que lucha por una causa justa y es perseguida por las fuerzas represivas del Estado. No me arrepiento de ser quien soy aunque me hubiese gustado que la ministra (Bullrich) no me nombrara en el Congreso lanzando esta cacería sobre mí y los peñis (hermanos) que están presos como Facundo Jones Huala.

Ariel Garzi carga con un leve temblor en las manos. Una secuela del horror a la que fue expuesto o un dolor antiguo. Quién sabe. La vida enseña que hay preguntas que no se hacen. Hay hombres que buscan la redención con la manía de los inmortales.

“Nunca fui un hippie pacifista, no tengo nada que ver con eso –dice Ariel- pero mis posiciones nunca lastimaron a nadie, a ninguna persona, a ningún trabajador, a nadie. Sé contenerme porque esta situación de violencia estatal me trae profundas heridas que me indignan. Lucho contra eso cada día. La impotencia hace daño”.

Cuando tenía 14 años, Ariel Garzi empezó a trabajar con su papá, Mario, en una pequeña fábrica de matafuegos en Cippoletti, Río Negro. Después la estabilidad económica y familiar se fue al demonio y el muchacho buscó su destino entre los bordes. Su mamá, Laura, está siempre preocupada por él y suele llamarlo para saber dónde anda. Y Garzi con su aspecto de pibe áspero le responde con cariño y no poca comprensión.

Siempre se está yendo Ariel. De Cushamen a Esquel y de allí a El Bolsón, pasando por el dolor en la despedida de Santiago en 25 de Mayo, entre la riqueza y la especulación de la soja, la angustia de la familia Maldonado y la lucha contra el olvido.

“Con el hallazgo del cuerpo de Santiago, siento que estamos peor que antes. No sabemos quiénes estaban alrededor de Santiago cuando agonizó. Porque primero hubo hipotermia. Él no estaba jugando en el río. No se ahogó solo como dicen. Estaba siendo perseguido por los gendarmes. Por eso digo que no se avanzó con los gendarmes que estaban al borde del río. No se investigaron las llamadas. No le dieron ni cinco de bola a mi denuncia. Al contrario: el Ministerio de Seguridad me acusa a mí con mentiras en vez de investigar a los gendarmes que reprimieron. ¿Qué estaba haciendo Pablo Noceti? Es una situación horrible”, se indigna Garzi.

Caen las hojas del ciruelo. Parecen copos de nieve. La opresión silenciosa del ambiente de El Bolsón se posa en las alas de un pájaro caníbal que todo lo ve. De pronto, la razón de Ariel choca contra una realidad que no comprende. Demasiados personajes funestos, uniformes verdes, mentiras, desaparición y muertos.

El día que viajó a 25 de Mayo para despedir a Santiago fue asesinado de un balazo por la espalda el joven mapuche Rafael Nahuel en Villa Mascardi. La causa sigue impune. No hay ningún prefecto procesado. El arma homicida sigue sin peritarse con el silencio cómplice de la corporación mediática oficialista. Los tenedores de pauta que se dicen periodistas ya no quieren preguntar. Nada dicen sobre la brutal represión a sectores vulnerables que sube desde el Sur hasta Buenos Aires.

El testigo mapuche de la causa Maldonado, Matías Santana, será representado por el defensor público ante el Juzgado Federal de Esquel, Fernando Machado. Fue citado por el juez Guido Otranto (antiguo conocido de los funcionarios Gonzalo Cané y Daniel Barberis) para el 6 de febrero. Le imputan el corte de ruta y las heridas de dos gendarmes. Machado es el único funcionario que se atrevió a presentar un hábeas corpus por Santiago y pidió investigar al alférez Emmanuel Echazú, ascendido recientemente por Bullrich.

“En esta soledad lo que cuenta es la mano dura”, dice el teniente coronel Benigno Varela en la película “La Patagonia rebelde” basada en el libro de Osvaldo Bayer.

-¿La sensación de vacío se comparte?

-No. El vacío siempre está presente. A veces se puede controlar, otras no.

Garzi sabe que el nombre Benigno fue un prefacio del mal.




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