9 de enero de 2018

Derechos Humanos

Lobo suelto

Gustavo Calotti fue secuestrado en La noche de los Lápices. Luego de estar desaparecido en manos de Miguel Etchecolatz, fue trasladado a la Unidad Penal 9 de La Plata, donde compartió prisión con Julio López. Sobrevivió, se exilió y pudo volver a la Argentina luego de 32 años. Se instaló en el Bosque Peralta Ramos de Mar del Plata. El 27 de diciembre le avisaron por whatsapp que su victimario iba a ser su vecino. Ésta es su historia. Por Revista Ajo


Julio López ya no tiene yerba. Gustavo, que está en la celda de al lado, ata el paquete a una cuerda y la pasa por la ventanita de arriba al calabozo de Julio que tira hasta que llega. El tabaco y el jabón viajan de la misma manera. Casi todos los pabellones de la Unidad Penal 9 de La Plata dan a un patio grande pero el de ellos da a uno de cuatro o cinco metros por el que no pasa nadie. Al lado están las celdas de castigo y la música constante son los gritos de los compañeros torturados.

El mate es una necesidad básica. Gustavo persigue con un dedo a las moscas que se posan en la pared. El frío es tanto que las moscas no logran volar. El tabaco también es básico: calma, acompaña, ayuda a matar el tiempo.

Antonia, la mamá de Gustavo, trata de depositarle dinero todas las semanas para que no le falten esas cosas. A la familia de Julio, obrero de la construcción, no le alcanza. Siempre que los guardias no escuchan, ellos charlan, cuentan cómo era la vida afuera y Julio recuerda lo que hacía en la Unidad Básica, aunque hablan poco de la militancia.

Gustavo Calotti se exilió en Francia. Estuvo treinta y dos años. Allá conoció a su compañera y tuvo un hijo y una hija. En 2012, volvieron a la Argentina y se mudaron a una casa en el corazón del Bosque Peralta Ramos de Mar del Plata. Suele levantarse todos los días a las cuatro de la mañana para ir a pescar a la zona sur. Ahí siempre encuentra a algún amigo. A las diez vuelve a la casa y cocina. Después, duerme la siesta.

El celular de Gustavo suena en la tarde del 27 de diciembre de 2017. El mensaje de whatsapp es de la hermana. Lo abre y aparece una placa de Crónica TV que dice que Miguel Etchecolatz tendrá prisión domiciliaria. Vivirá en el chalet que tiene en la calle Nuevo Boulevard del Bosque Peralta Ramos entre Guaraníes y Tobas. Será su vecino. La hermana está asustada, preocupada, le da miedo que pueda pasarle algo. A la mamá también.

Los jueces del Tribunal Oral Federal 6 entendieron que el genocida merecía estar en su casa porque es hipertenso, padece adenoma de próstata y deterioro cognitivo. Además, con ochenta y ocho años, es el hombre de mayor edad de todas las cárceles federales. Para los magistrados, su situación se encuadraría dentro del artículo 10 del Código Penal y en el artículo 32 de la Ley 24.660, normas que regulan la prisión domiciliaria.

Pero el último peritaje que le hicieron al represor dice otra cosa. En el informe, dado a conocer por el diario Página 12, los médicos de la fiscalía escribieron que el paciente es autovalido parcial y no tiene ninguna enfermedad terminal. Por eso, no está comprendido dentro de lo que dice el artículo 32. También aclararon que, si hubiera una emergencia, Etchecolatz recibiría atención inmediata en el Hospital Penal de Ezeiza y en la casa no. Los jueces, en el fallo, solo citaron una parte del informe.

Apenas supieron que el genocida viviría en el Bosque, Gustavo y la abogada, Guadalupe Godoy, presentaron un escrito en el que advirtieron a los jueces sobre el riesgo que corre Gustavo, quien no solo fue víctima de Etchecolatz si no que declaró en su contra y fue querellante. Además, les pedían que dimensionen el impacto y el daño que producen a una víctima directa del genocida. Pero los magistrados rechazaron el pedido.

Héctor Cámpora asumió la presidencia de la nación el 25 de mayo de 1973. Puso fin a siete años de dictadura y casi dieciocho de proscripción del peronismo. Volvió la democracia que reclamaban casi todos los sectores.

Según una encuesta del diario La Opinión publicada en la época, más del 30% de los jóvenes tenía participación política de algún tipo. El sondeo decía que sus máximos referentes eran el Che Guevara y Juan Domingo Peron.

Los estudiantes secundarios tomaban los colegios para que cambiaran las autoridades impuestas por la dictadura y terminaran sus políticas. Nacían los centros de estudiantes. Sólo en la ciudad de Buenos Aires se formaron más de setenta. A muchos, en todo el país, los conducía la UES que se inscribía en el peronismo de izquierda, la rama más joven de Montoneros.

Gustavo leía filosofía, obras como La formación de la Conciencia Nacional de Juan José Hernández Arregui, libros sobre Vietnam y el Che Guevara. En el colegio estudiaban a Sartre, Las Venas Abiertas de América Latina y Albert Camus.

Los chicos que militaban discutían los planes de estudio, criticaban a los profesores reaccionarios, trataban de crear un ámbito de libertad dentro del colegio, sentían aburrimiento del secundario, de los valores que trasmitía y querían acercar la escuela al pueblo. Por eso, daban prioridad a las de enseñanza técnica: ahí se formaban los trabajadores que serían parte del proceso productivo.

Los estudiantes se sentían parte de la realidad y creían que podían cambiarla. Querían una América Latina unida en confrontación con el imperialismo y un socialismo nacional. No imitar el modelo de otro país, construir el socialismo de acuerdo a la realidad argentina. Para eso, la revolución era el camino.

Muchos militaban en los barrios, hacían alfabetización en las villas, informaban a los vecinos sobre cómo reclamar el zanjeo o el litro de leche para sus hijos. Además, se obligaban a ser el mejor estudiante, militante, compañero, novio o amigo. Pero todo en el marco de una vida normal: organizaban peñas, iban a bailar, estudiaban.

Las acciones de la UES dentro de Montoneros tenían más que ver con la logística que con lo militar. Se encargaban de realizar el corte de calles en apoyo a algún operativo, volanteadas, actos relámpago y acompañaban las huelgas o movilizaciones de los obreros y trabajadores.

Rodolfo Achem y Carlos Miguel yacen boca abajo en un descampado de Sarandí, Provincia de Buenos Aires. Alrededor, el césped y la tierra se tiñeron de rojo: la sangre. Una patota de la CNU los secuestró en la esquina de 44 y 12 de La Plata a las 8.30. Los cuerpos aparecieron dos horas después con las manos atadas y más de cincuenta balazos. Todos en la parte de atrás. Los fusilaron por la espalda.

Achem de treinta y tres y Miguel de treinta y un años pertenecían a la Juventud Peronista. Ambos habían redactado los documentos base del proyecto de Universidad Nacional y Popular. Ambos estaban amenazados de muerte por la Triple A y la CNU. La mañana del 8 de octubre de 1974 la amenaza se hizo realidad.

Gustavo va al Colegio Nacional de La Plata. Después de los fusilamientos de Trelew, cuando cursaba primer año, fue a sus primeras marchas, reivindicaciones, tomas del colegio y empezó a militar en el Movimiento de Acción Secundaria (MAS) que respondía a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Sin embargo, siempre se sintió más marxista que peronista. Creía en la revolución. En tomar el poder mediante la lucha armada. “La Revolución a punta de cañón”, era una de las consignas.

Las FAR se aliaron a Montoneros y Descamisados en octubre de 1973. El MAS y el FEM se fusionaron con la Unión de Estudiantes Secundarios (UES). Gustavo dice que como siempre ocurre, la organización más grande, Montoneros, terminó prevaleciendo. Un mes antes de los fusilamientos de Achem y Miguel, Montoneros decidió pasar a la clandestinidad. Para Gustavo, la decisión fue dejar a miles de militantes al descubierto.

Con dieciséis años, no podía pasar a la clandestinidad. Encima la CNU y la Triple A tenían zonas liberadas para secuestrar y matar. Gustavo daba tres pasos y miraba a los costados, giraba la cabeza y miraba atrás. Seguía caminando y repitiendo el movimiento cada tres o cuatro metros. Siempre iba a contramano de los autos. Nunca tomaba el mismo camino. Quería evitar sorpresas. Cuando tenía que viajar en colectivo, tomaba dos.

En noviembre del 75, estaba desocupado, pero en su casa había que trabajar. La mamá le consiguió un puesto en la policía bonaerense donde ella también trabajaba. Lo contrataron como correo. Aunque en la UES tenía amigos, cortó su militancia. Ya se sentía lejos del peronismo y, si seguía frecuentando a sus compañeros, los exponía. Igual empezó a tener contactos y a trabajar con el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP).

La tarde del 8 de septiembre de 1976, Gustavo está en la Tesorería donde funciona el correo de la policía. A las diecisiete lo llaman a la oficina del jefe, el comisario Ordinas.

—¡¿Para quién trabajas pendejo?! ¡¿En qué andas?! ¡Sabemos que andas en algo hijo de puta! —dice el Comisario Inspector Luis Vides. Las preguntas no paran. Son similares y van acompañadas de amenazas. Le dice que, si no quiere, no hable.

— Igual te vamos a masticar —avisa.

Minutos después lo llevan a la Dirección de Investigaciones, a cargo del comisario Miguel Etchecolatz, ubicada en la otra ala del edificio, en la planta baja. Ahí lo esposan y le cubren la cabeza con una manta.

Dos horas más tarde llegan otros policías. A Gustavo lo obligan a caminar hasta un auto. El viaje dura un buen rato. Los ruidos de la ciudad se alejan de a poco. El coche se bambolea: va por un camino de tierra. Están en el campo. En un momento se detiene. Los tipos lo arrastran hasta un edificio. Lo hacen desvestir y lo acuestan en un catre. Le atan los tobillos y las muñecas. Gustavo siente agua en el cuerpo y escucha el sonido de la picana.

Los gritos de Gustavo inundan el Pozo de Arana. La radio suena a todo volumen para que los demás detenidos no escuchen. Pero la descarga eléctrica en genitales, boca, ojos, pecho, genera interferencia en la transmisión: el intento de camuflar la tortura es en vano. Los tipos preguntan por nombres, citas, responsables, organización. Le ponen un trapo en la boca y el pie encima. Él se retuerce, abre y cierra la mano. Paran. Gustavo no habla. Y otra vez el agua y la picana. Abre y cierra las manos, pero ya no hay forma. Lo torturan toda la noche.

Todavía no sabe que está en uno de los veintiún centros clandestinos de detención al mando del comisario Miguel Etchecolatz. En las celdas de dos por tres también están Emilce Moler, Claudia Falcone, María Clara Ciocchini, Patricia Miranda, Pablo Díaz, Daniel Racero, Claudio de Acha, Francisco López Muntaner, Víctor Treviño y Horacio Ungaro.

Todos son estudiantes secundarios, la mayoría militantes de la UES, detenidos en los operativos que diez años después llamarán La Noche de los Lápices. Tienen los ojos vendados, las manos atadas. Las paredes sudan humedad y una mugre que parece de décadas igual que los trapos que los guardias les dan para limpiarse el cuerpo. La comida y el agua son tan escasas como improbables.

Gustavo siente el sol en la cara. El aire cambia. Ya no es espeso como en la celda, tiene frescura. Por lo que escucha y percibe hay más gente al lado suyo. Está en el patio de Arana. Los demás chicos también.

—Canten. Canten eso que cantan en las peñas —dicen los torturadores que quieren que los estudiantes festejen su día.

Emilce se desmaya. Hace cuatro días que no come. Gustavo queda al lado de Claudia que no para de llorar. Le traen ñoquis, pero está esposado. Así que uno de los guardias le da de comer como a un enfermo mientras otro dice que dos perros los controlan: uno se llama Santucho y el otro Firmenich.

—No tengo recuerdos de mi cuerpo porque no podía ni tocarme ni verme. Sólo recuerdo ese sentimiento de dolor —dirá Gustavo veintidós años después. También contará que todavía le cuesta superar el miedo. El sufrimiento de cada vez que la puerta de la celda se abría y se llevaban a alguien. Que cuando a una persona la torturan no ve la hora en que eso termine. Pero cuando sabe que la van a torturar de nuevo, el dolor es en la memoria y llega a ser casi tan terrible.

Durante muchos años, cada noche, Gustavo despertó bañado en sudor y con ese miedo. Las pesadillas eran recurrentes: la situación de tortura que lo volvía a la vigilia siempre la misma.

El 23 de septiembre los militares y policías sacan a todos los estudiantes que están en Arana. Los ojos vendados y las manos atadas ya son parte del uniforme. Los suben a dos camiones, uno al lado del otro. El ganado, seguro, viaja mejor. Los escoltan patrulleros con las sirenas a pleno. En un momento, el convoy se detiene. Dan una lista: María Clara, Claudia, Francisco, Horacio, Claudio, Daniel y Pablo. Los bajan.

Emilce, Gustavo y Patricia siguen hasta la Brigada de Investigaciones de Quilmes, otro de los centros clandestinos de detención que comanda Etchecolatz, también conocido como Pozo de Quilmes. Es una casa antigua, con parque, que cuenta con celdas en el primero y en el segundo piso. Los dos tienen forma de L alrededor de un vacío. Abajo ponen a las mujeres. Arriba a los hombres.

Mientras estuvo desaparecido, Gustavo supo, compartió días de cautiverio y nunca más supo de Santiago Servín, director del diario La Voz de Solano, su sobrino y un hombre que trabajaba con ellos llamado Etelbaum o Epelbaum; de Osvaldo Bussetto; de Julio Aníbal y Esteban Badell, dos hermanos que tiraron del tercer piso de la jefatura de policía, de la esposa de uno de ellos; de Marlene Katherine Kegler Krug.

El 27 de diciembre a Gustavo, Emilce y Patricia los trasladan a la Brigada de Investigaciones de Valentín Alsina. A los pocos días les sacan las vendas, les desatan las manos. Los guardias les dicen que están bajo el Poder Ejecutivo Nacional (PEN).

Los detenidos llaman chanchos a los calabozos de castigo de la Unidad 9 de La Plata. La celda es de dos por tres, la puerta ciega, una letrina, una ventana chica en la parte de arriba y una cama de cemento sin colchón durante el día. Ese lujo lo permiten sólo de noche. Antes, los penitenciarios descargan su furia en un temporal de piñas, insultos, amenazas. Las patadas llegan cuando el detenido cae. Eso le toca a cada uno que entra a la cárcel.

Gustavo duerme en el chancho por primera vez la noche del 21 de enero de 1977. Lo trasladan junto a Pablo Díaz, Walter Docters y Rubén Saposnik. Lo habitual era estar en la celda. No se podían acostar fuera de horario porque los acostaban a los golpes. No podían leer ni escribir. No podían cantar. No podían hablar con otros presos y mucho menos hacer ejercicio. No, no, no. Si el detenido no tenía la camisa abrochada hasta el último botón, no podía salir al patio. Si había una nube, tampoco: no vaya a ser que se enfermen, decían los guardias. Entonces podían pasar semanas dentro de la celda. Gustavo dice que el penal era un campo de concentración.

Él creía que mientras más tiempo pasara, más chance tenía de vivir. Pero creía, también, que lo podían matar en cualquier momento. Quizás se acordara de Víctor Treviño y de su suerte.

Víctor está junto a Gustavo en el Pozo de Quilmes. Un día de octubre del 76 y de sol escuchan, otra vez, los pasos subiendo la escalera. Instantes después el ruido del candado, del pasador que se abre y la puerta que chirría. El guardia lo llama a Víctor.

—¡Te vas pibe! Ahora te vamos a poner limpito, no vayan a decir por ahí que no te tratamos bien.

A Víctor lo sientan en un banco y lo afeitan. Al rato hay un olor imposible a perfume, a colonia o jabón. Pero más imposible es el contraste cuando se junta con el otro; con el habitual en el pozo; con el que huele a pis, mierda, mugre y sangre seca.

—Chau Víctor —lo saludan todos los detenidos.

Gustavo está contento por su compañero, triste de no ser él el que sale. Ese día para él llegó casi tres años después, el 25 de junio de 1979. También para Julio López.

Nadie volvió a saber de Víctor.

Gustavo lleva un mes en libertad. Acaba de entrar al Consulado de Francia en Buenos Aires. Quiere averiguar cómo hacer para que ese país lo reciba como exiliado. Pero se da cuenta que dos tipos entraron segundos después que él. Entonces le pregunta al empleado del consulado por becas de estudio. Los tipos hacen la misma pregunta. Gustavo sospecha que lo siguen.

En 1979, Montoneros lanza la contraofensiva. Decenas de militantes llegan al país para atentar contra funcionarios del equipo económico de la dictadura. Los atentados no tienen éxito ni repercusión. El gobierno militar responde con secuestros y muerte. Pero Gustavo recuerda que el comandante del III Cuerpo de Ejército, Luciano Benjamín Menéndez, trataba de tiernos y blandos a sus colegas.

El gordo Laguiñole trabaja como administrativo de la policía. Gustavo le tiene mucho cariño y lo recibe en el departamento donde vive con la mamá, Antonia, y su pareja, Jorge. Preparan mate y se sientan. La charla comienza con los comentarios de rigor sobre el frío y las familias. Pero el gordo vino por algo más.

—¡Te tenés que ir Gustavo! Andate. Andate.

Unos días después cayó una patota en el departamento. Antonia, Gustavo y Jorge no estaban. Los tipos lo esperaron dos horas, le preguntaron a la portera qué hacía, en qué andaba, con quién se veía.

Corrían los últimos días de septiembre. Gustavo supo que el gordo tenía razón, y aunque nunca le preguntó por qué debía irse, ya no volvió a la casa. Al día siguiente, Antonia y un tío, lo llevaron en auto hasta Posadas. Tomó una lancha, llegó al sur Brasil y dos días después a San Pablo. Ahí funcionaba el Alto Comisariado para los Refugiados de las Naciones Unidas donde tramitó su exilio.

El 20 de enero de 1980 llegó a Francia, el primer país que le dio un salvoconducto.

—A ninguno de nosotros nos detienen por el boleto escolar. No nos hicieron una sola pregunta de eso —dice Gustavo cuarenta años después mientras fuma junto a la parrilla de su casa y arrastra la r. Por eso no hace falta que diga que vivió en Francia más de treinta años. Gustavo tiene aspecto bonachón, cara redonda, ojos oscuros. La nariz se le va ensanchando hacia la punta, en la frente se la marcan los pliegues y su poco pelo ya es canoso. Viste de entre casa: jogging verde, remera azul y ojotas rojas.

Siempre se consideró sobreviviente de La Noche de los Lápices y también ubica en ese grupo a Víctor Treviño. Las fechas de los secuestros y la pertenencia a la UES de casi todos le dan la razón. Piensa que lo detuvieron por su militancia, no por la lucha del boleto como cuentan el libro y la película. Además, aclara que hubo muchas noches.

Según la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) hay 250 adolescentes detenidos desaparecidos. Sus edades oscilan entre los trece y los dieciocho años.

Gustavo sigue fumando, mira al jardín donde hay rosas, y más rosas rojas y blancas, y plantas de flores violetas o amarillas y hoy cree que el libro faltó a la verdad y borró la militancia de los protagonistas pero que fue útil. Era necesario en la década del 80 contar, quizás con historias menos violentas, que la represión había tocado a todo el mundo.

También a adolescentes casi niños.

Julio López lleva una boina azul, los ojos semi cerrados miran a la cámara, los labios a punto de sonreír, la piel blanca, el buzo bordó. Atrás hay césped y el principio de una casilla. La foto la sacó Gustavo durante el reconocimiento que hicieron al Pozo de Arana —donde ambos estuvieron detenidos-desaparecidos— en plena investigación de la causa Etchecolatz.

El 18 de septiembre de 2006, día en que Julio volvió a desaparecer, Gustavo estaba en el canal de Mozambique y Adriana Calvo, presidenta de la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos, le avisó que el viejo no aparecía y que tampoco tenían una imagen de él para facilitar la búsqueda. Gustavo mandó su foto por mail. Al rato estaba en todos los medios del país.

Miguel Etchecolatz también. Al día siguiente condenaron al represor a cadena perpetua por los secuestros y tormentos sufridos por Julio López y Nilda Eloy, y los homicidios de Diana Teruggi, Patricia Dell’Orto, Ambrosio Francisco de Marco, Nora Livia Formiga, Elena Arce Sahores y Margarita Delgado. Fue el primer genocida encarcelado tras la derogación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final.

En 1976, Etchecolatz era Director de Investigaciones de la policía de la provincia de Buenos Aires, mano derecha del jefe de la fuerza, general Ramón Camps. Fue responsable de grupos de tareas, de lo que ocurría en veintiún centros clandestinos de detención, del robo de bebés y La Noche de los Lápices. Todos crímenes de lesa humanidad.

La primera condena le llegó en 1986: veintitrés años de prisión por torturar a noventa y una personas. La Obediencia Debida le dio la libertad. Diez años después publicó el libro La Otra Campana del Nunca Más y escribió cosas como ésta: “Nunca tuve ni pensé, ni me acomplejó culpa alguna… ¿Por haber matado? Fui ejecutor de la ley hecha por hombres. Fui guardador de preceptos divinos. Por ambos fundamentos, volvería a hacerlo”.

En marzo de 2004 lo encontraron culpable de la supresión de la identidad de Carmen Sanz, hija de desaparecidos, y le dieron siete años de cárcel. El 19 de diciembre de 2012, el 24 de octubre de 2014 y el 1º de abril de 2016 le llegarían otras tres condenas a prisión perpetua. Aún hay, por lo menos, cuatro causas que esperan la elevación a juicio en las cuales Etchecolatz figura como imputado.

Según la Comisión Provincial por la Memoria, las condenas que tiene alcanzan a más de 440 víctimas por delitos como privación ilegal de la libertad, aplicación de tormentos y homicidios agravados. Los procesos judiciales aun abiertos incluyen a 520 víctimas más.

Gustavo cree que el fallo Etchecolatz es injusto, que es una decisión política del Poder Ejecutivo. Siente tristeza, aunque no lo sorprende. Vive en la misma sociedad y con la misma gente que hace cuarenta y un años vio cómo lo secuestraban, lo desaparecían y miró para otro lado, dejó sola a su familia mientras decían algo habrá hecho. En la misma sociedad que tiene una justicia así: al que roba un salame, lo condenan a cinco años; al que tiene diez cuentas en paraísos fiscales, lo aplauden.

Además, piensa que la domiciliaria al primer genocida preso tras la derogación de las leyes de impunidad, es simbólica. Es abrir la puerta para que salgan otros.

—El tema es impedir eso —dice y hay mucha gente que piensa lo mismo.

El tema es impedir eso.




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