8 de enero de 2018

Deportes

La voz no está en venta

Kurdo, aleví y de izquierda, el futbolista Deniz Naki, quien actualmente se desempeña en el club Amed SK de la tercera división turca, fue atacado anoche cuando el vehículo en el que circulaba por una autopista alemana recibió el impacto de dos disparos. Naki, condenado en abril en Turquía a 18 meses de libertad condicional por "hacer propaganda terrorista en sus redes sociales", nunca escondió su forma de pensar. Por Toni Padilla | Panenka.


Deniz Naki llegó al segundo palo y remató el centro de Marius Ebbers. Cuando el balón besó la red, escuchó el rugido de los hinchas del Sankt Pauli celebrando el 0-2. Cruzando el área, se dirigió hacia ellos, aunque también le llegaron los insultos de los aficionados locales. Las hinchadas del Hansa Rostock y el Sankt Pauli habían iniciado en 1992 una rivalidad basada en la política. El Hansa, último campeón de la vieja RDA, destacaba por la presencia de hooligans de derechas en sus gradas. El Sankt Pauli había convertido su estadio de Hamburgo en un feudo izquierdista. Cada partido provocaba incidentes y ese 0-2 en Rostock de noviembre de 2009 pasó a la historia, ya que Naki decidió celebrar el gol de la victoria definitiva del Sankt Pauli mirando hacia esos hinchas del Hansa que lo insultaban, pasando su dedo por el cuello, como si los degollara. Le cayeron cuatro partidos de sanción. “He recibido insultos racistas durante todo el partido. Con el Hansa siempre pasa. Pero la sanción me la llevo yo”, dijo entonces el jugador, hijo de ciudadanos turcos emigrados a Alemania. Ese día, Naki lideró los festejos de los jugadores del Sankt Pauli con los hinchas desplazados al final del partido. Tomó una bandera inmensa con el símbolo del club, una calavera pirata, y se la puso sobre las espaldas. Después, recogió otra bandera que le lanzaron, esta con palo de plástico, y la plantó en el césped del estadio de Rostock, simbolizando la conquista del territorio enemigo. “A Deniz le gustan los escenarios hostiles. Es un guerrero”, dijo su compañero Fabian Boll. Cuando los jugadores del equipo hamburgués volvieron a los vestuarios, Naki discutió con dos jugadores del Hansa que lo esperaban lejos de las cámaras para reprocharle el gesto con la bandera. “Deniz no se asusta, tranquilos”, bromeó Boll de vuelta a Hamburgo.

Pero se equivocaba. Todos los hombres se asustan alguna vez. Y Deniz Naki se asustó unos años más tarde, cuando fue agredido mientras compraba comida en Ankara, la capital de Turquía. Esa agresión cambió la vida de este futbolista que llegó a lucir la camiseta de la selección alemana en 29 ocasiones en categorías inferiores, formando parte de la plantilla campeona de la Eurocopa sub-19 en 2008, cuando los alemanes derrotaron a la España de De Gea, Azpilicueta o Jordi Alba en la primera fase, y a la Italia de Darmian, Poli o Bonaventura en la final. Naki era suplente en ese torneo, mientras luchaba por llegar al primer equipo del Bayer Leverkusen. No lo consiguió. Y después de dar muchas vueltas acabó en Turquía, donde se ha convertido en uno de los jugadores más odiados. “Sí, puedo percibir el odio. Aunque yo juego por amor”, se defiende.

Viaje físico a sus raíces

Nacido en Düren, no muy lejos de Leverkusen, Deniz Naki se crió en una familia izquierdista. Sus padres, originarios de la región de Tunceli, al este de Turquía, militaron en movimientos sindicales. Llegaron a Alemania en los 70, cuando el gobierno de la RFA abrió la puerta a los trabajadores invitados, los gastarbeiter, aunque el joven siempre escuchó de sus padres que no debía avergonzarse de sus raíces: eran ciudadanos turcos, sí, aunque eran kurdos alevís. Si los kurdos ya sufren por reivindicar su identidad en Turquía, los alevís sufren el doble, pues son seguidores de una rama del islam chií en un estado suní.

Kurdo, aleví y de izquierdas. Desde luego, Deniz Naki tuvo que nadar a contracorriente, si bien durante tres años fue muy feliz. En el Sankt Pauli estuvo a gusto. Un club posicionado contra el racismo, con sentimiento de comunidad y marcadamente de izquierdas. “Defender esta camiseta es defender unos valores”, dijo el jugador, que llegó a tatuarse al Che Guevara en un brazo. Cuando mostró en las redes sociales la imagen junto a una frase del revolucionario argentino, recibió una lluvia de insultos. Pero la hinchada del club de Hamburgo siempre lo arropó.

En el otro brazo, Naki se tatuó un símbolo para recordar sus orígenes: ‘Dersim 62’. Dersim es el nombre con el que se conocía la región natal de sus padres antes que el estado turco la rebautizara como Tunceli. En 1937, en plena campaña para controlar las minorías étnicas y conseguir una homogeneización cultural, el estado turco aprobó una ley para llevar a miles de inmigrantes turcos a esta región, poblada mayoritariamente por kurdos, y reubicar a los kurdos a otras zonas. La decisión provocó una revuelta en una zona históricamente rural y tribal, rebelión que fue reprimida en un baño de sangre por el estado presidido por Mustafa Kemal Atatürk. El líder de la rebelión, el kurdo Seyid Riza, fue ahorcado y enterrado en un lugar desconocido convirtiéndose en un referente de la resistencia kurda. La hija adoptiva de Atatürk, Sabiha Gökçen, se convirtió en la primera mujer en pilotar un avión de guerra turco, bombardeando a los rebeldes en un conflicto cruel. Según el cónsul británico, más de 40.000 kurdos fueron asesinados. El estado turco rebajó la cifra, aunque en el extranjero se publicaron imágenes de las cabezas de rebeldes decapitados en manos de soldados turcos como si fueran trofeos.

La matanza de la región de Dersim se convirtió en un símbolo entre los kurdos. Y Naki se tatuó esta palabra con la cifra 62, que hace referencia al número de matrícula de los coches de Tunceli. También hoy es su dorsal.

En 2014, Naki ya había empezado un viaje físico a sus raíces. Después de tres años en el Sankt Pauli y una experiencia corta en el Paderborn, fichó por el Gençlerbirligi de la liga turca, club de la capital, Ankara. Naki se marchaba al estado donde habían nacido sus padres para jugar en una ciudad convertida en el feudo político del presidente islamista moderado Recep Tayypi Erdogan, cuya política encarnaba todos los valores en los que el futbolista no creía. Fue una apuesta atrevida y no salió bien. Naki, muy activo en las redes sociales, se posicionó abiertamente contra el Estado Islámico. Eran los meses en que ISIS asediaba la ciudad de Kobane, en la frontera entre Siria y Turquía, convertida en uno de los últimos bastiones de los kurdos de Siria entonces. Además, ISIS había conquistado la región montañosa de Sinjar, en Irak, provocando una masacre de yazidíes, considerados enemigos del islamismo más radical, pues profesan una religión preislámica. Las imágenes de la resistencia de Kobane y las matanzas de yazidíes impactaron al mundo. Naki no se calló y manifestó una y otra vez su apoyo a la causa kurda, atacando al islamismo radical. Se sumó a la campaña #saveourgirlsfromISIS, lanzada cuando se supo que centenares de jóvenes kurdas o yazidíes eran esclavizadas por miembros de ISIS. Su valentía provocó ataques a sus perfiles digitales, pero nunca pensó que la cosa iría a más. Se equivocaba. “Salí a comprar comida y me reconocieron. Eran tres tipos. Me empezaron a insultar. Se preguntaban si yo era Naki, si era ‘ese sucio kurdo’. Me dijeron que no me querían en su país, que me largara. Luego uno me pegó un puñetazo. Cuando me escapé escuché cómo me decían que aquello era solo una advertencia”, recordó.

Después de hablar con su padre, y con un ojo morado como recuerdo, Naki volvió a Alemania. “No podía seguir. Si me atacan a mí, lo acepto, pues no me quiero callar. Aunque tenía miedo. Pero, ¿y si me atacaban con amigos o compañeros de equipo y sufrían ellos? Mis padres lloraban. Decidí marcharme”. Pero no tardó en regresar. Después de negociar con algunos clubes de Inglaterra y los Países Bajos, Naki recibió una oferta deportivamente poco atractiva: jugar en el Amed SK, el club de la principal ciudad del Kurdistán turco, Diyarbakir. La aceptó.

“Larga vida a la libertad”

Hasta hace pocos años, este club se llamaba Diyarbakirspor, pero la directiva decidió hace algo más de un año rebautizarlo con el viejo nombre de la ciudad en kurdo, Amed. Con los colores de la bandera kurda como uniforme (rojo, blanco y verde), el club llegó a estar en primera, aunque ahora juega en tercera división. Por la alta carga política, muchos de sus partidos acaban con incidentes.

Desde el año 1999, en la ciudad de Diyarbakir siempre ganan las elecciones municipales partidos pro-kurdos. Y como el Ayuntamiento es el propietario del club, el Amedspor -como lo conoce la prensa- es un símbolo más de la causa. Naki sabía donde se metía. “Manda el corazón. Podría jugar en otro sitio. Pero hacerlo aquí es especial. Jugamos contra la federación, los medios, los rivales. Nos insultan, nos dicen de todo. No tiene nada que ver con lo vivido en el Sankt Pauli, esto es más duro”, admite Naki, quien se ha convertido en un ídolo para la gente de Diyarbakir.

Coincidiendo con la escalada de violencia en la región de las últimas semanas, con tanques del ejército en las calles y centenares de muertos en ciudades de mayoría kurda como Diyarbakir o Cizre, el Amed SK ha brillado en la copa turca. En el partido contra el Estambul Basaksehir, de primera, empató 2-2, aunque el partido acabó mal, ya que el delantero visitante Semih Senturk marcó el gol de las tablas en el descuento, celebrándolo con una salutación militar que no gustó a la hinchada local, justo cuando se denunciaban abusos de soldados turcos en la región. La federación, sin embargo, optó por sancionar algunas pancartas y cánticos registrados, como ‘¡Las barricadas siguen en pie!’ o ‘Todos los sitios son Cizre, la resistencia está por todas partes’, en referencia a la ciudad asediada por el ejército turco con decenas de muertos. Naki incluso se reunió con familiares de una niña de diez años asesinada por el ejército turco en dicha urbe, en otro gesto que lo puso en el punto de mira de la prensa turca. “Esa gente pedía la paz cuando escondieron el cadáver de su niña en un congelador ya que con el toque de queda, no la podían enterrar. Es impactante”, dijo el goleador.

El Amedspor, por su parte, denunció el 2 de febrero la confiscación de los ordenadores de sus oficinas por parte de la policía. Esta justificó su decisión afirmando que querían encontrar al culpable de unos mensajes en kurdo escritos desde la cuenta oficial de Twitter del club con contenido político después de un partido histórico, cuando el Amedspor se clasificó para los cuartos de final de copa ganando 1-2 en el campo del Bursaspor. Naki marcó el 0-2 en un campo llamado Atatürk. En una ciudad, Bursa, considerada como uno de los grandes feudos nacionalistas turcos. Delante de unos hinchas con pancartas contra los kurdos. “El Amedspor no se rinde ni se rendirá. Dedicamos esta victoria a los que perdieron su vida o resultaron heridos en los más de 50 días sufriendo atrocidades en nuestra tierra”, escribió Naki en su Facebook. “Larga vida a la libertad”, añadió. El precio por este mensaje fue una sanción de 12 partidos sin jugar. El presidente del club se quejó amargamente: “Ganamos un partido y parece que cometimos un crimen. Es injusto”. Naki afirmó que “la democracia y la libertad no existen en este estado”. Sancionado, no pudo jugar el partido de cuartos contra el Fenerbahçe en el que su equipo arrancó un empate a tres contra el líder de la liga pese a jugar sin público por otro castigo federativo. En la grada solo se podían ver policías y una pancarta que sacaron los jugadores locales: “Los niños no deberían morir, deberían ir al fútbol”. Los jugadores del Fenerbahçe, en un gesto bonito, los aplaudieron y durante el primer minuto de juego se pasaron el balón entre ellos, mientras los locales protestaban contra las sanciones unidos de la mano, sin moverse. Cuando Sehmus Ozer, delantero turco del equipo kurdo, metió el 1-0, lo celebró con la camiseta de Naki. La del dorsal 62. “Deberían venderla. Deberíamos tener una tienda on-line con productos del club. Así pagaríamos las multas”, bromea el ex del Sankt Pauli, cuya voz seguro que no se vende.




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