10 de noviembre de 2017

Géneros

Fósiles en el bar


Tenés un espacio en la tele. Decidís remontar un programa viejo, con caras nuevas. Las caras que se te ocurren son de lo más… polémicas. El programa, una oda a la misoginia. Un jueves cualquiera, dan la nota. ¿Qué hay de nuevo en Polémica en el bar? Hoy son Mariano Iúdica y Chiche Gelblung, mañana podría ser cualquiera de ellos, ayer Gerardo Sofovich. Las caras van cambiando, seguirán variando pero el concepto es el mismo: un grupito de hombres juntándose a vomitar misoginia en la mesa recreada de un bar. Una, dos, las mujeres que sean, en paños menores. Siempre en paños menores. El día de hoy, fueron dos dichos los que todo el mundo decidió remarcar y repudiar. Pero este programa es una verdadera mina de oro en la que podemos analizar y desmenuzar una por una una sarta de actitudes machistas y discursos de peligrosa superioridad moral. Por Gabriela Krause* (Corriendo La Voz).


El piropo callejero es acoso

Tal vez no lo sepas, querido Iudica. Tal vez nunca te hayan gritado en la calle con lujo de detalle todo lo que te harían quieras o no. Tal vez nunca apretaste los puños, entre asustada y enojada, queriendo que callen, queriendo gritarles, queriendo correr.

Tal vez por eso te plantás, como si nada, y con total liviandad tirás en la mesa del jueves que “Las que inventaron que no hay que decir piropos son todas feas, para emparejar para abajo con las lindas. Viene una fea y le dice a la linda ‘yo te defiendo, hagamos que no nos digan piropos’. ¡A vos no te dicen piropos por fea!“.

Tal vez no sepas que no sólo estás reproduciendo un estereotipo nefasto y normalizador, que exige a las mujeres a cumplir con un cannon establecido por hombres y, para colmo, le impone que debe naturalizar y tomar como cumplido el acoso, porque así sabe que va bien.

Tal vez no sepas cuánto duele la contradicción de buscar esa belleza como parámetro de lo bueno, como especie de paraíso prometido. Tal vez no sepas cuánto cuesta desarmarse para definirse como mujer que vale algo más que la estética en un mundo donde la estética es una exigencia full time. Tal vez, Mariano, no te des cuenta de que afuera del estudio, afuera del bar, estamos luchando para que no nos pidan más de lo que somos y para que no nos violen por ser lo que sí.

Nos vestimos como queremos. No somos carne de nadie

Hasta tus colegas en la misoginia, Chiche, te dijeron que derrapaste. Pero vos decidiste reafirmar tu postura e insistir: “Si vos pones fotos provocativas permanentemente y no te bancás que te digan ‘te rompería el tu…’, y bueno, ¡jodete!” al hablar de Sol Pérez, una mujer con plena facultad de decidir qué hacer con su imagen.

Chiche, el verdadero dinosaurio, no se enteró de que el “algo habrán hecho” ya no va. No sabe Chiche que las mujeres, como cualquier otra persona, deberían tener el derecho a mostrar lo que quieran sin tener por ello que aguantar absolutamente nada.

Esta supersexualización del cuerpo ya es normal para nosotras. Ya estamos acostumbradas incluso a esta cultura naturalizadora de la violación. ¿Para qué mostrás, si no querés? nos dicen e intentan así establecer que si mostramos las tetas es porque queremos escuchar una devolución. Pero nosotras sabemos que no queremos. Sabemos que no lo hacemos para eso. Y nos lo repetimos en nuestras cabezas para que aparezca un fósil en la tele y recuerde a la gente que todo lo que suceda con nuestros cuerpos es justificable. Que nosotras lo permitimos. Qué más, que nosotras lo provocamos: que nosotras lo pedimos a gritos.

¿Pequeños machismos?

Llaman micromachismos a muchas de las actitudes que engendran este tipo de programas, este tipo de figuras, públicas, para colmo.

Micromachismos son las pequeñas construcciones que llevan a un machismo generalizado. Son las pequeñísimas cosas que se naturalizan por su tamaño pero que, en conjunto, conforman al Machismo con mayúsculas, aquel que nos oprime y que perpetua, cultural y socialmente, la predominancia del patriarcado.

Justificar una violación no es gracioso, no es micro, no es ligero.

Justificar una violación es ser cómplice.

Justificar el acoso sistemático callejero y polemizar sobre quiénes llevan a cabo la lucha para abolirlo no es gracioso, no es micro, no es ligero.

Justificarlo es ser cómplice.

Chiche, Mariano, todos los fósiles machistas y cómplices del mundo: llegará un día en que ya ni su audiencia tolerará los chistes que deslizan como si nada. Ya veremos qué figuras se mantienen de pie apoyadas y divagando en la barra de cualquier bar.

* Periodista | Escritora | Editora de Géneros y Breve Eternidad | Poeta | Feminista. Contacto: genero@corriendolavoz.com.ar / breveeternidad@corriendolavoz.com.ar




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