10 de noviembre de 2017

Derechos Humanos

Negatividad y neogenocidio


“Falleció Patricia Bardan, la mujer de 42 años, epiléptica, madre de cinco niños, a quien la ministra Carolina Stanley le sacó la pensión por discapacidad”. Un fallecimiento que da cuenta de lo que denomino “muerte cultural”. Agregaría a esa idea de León Rozitchner, “muerte por cultura represora”. El fallecimiento fue por omisión. Un caso de pensión fácil. Se le saca el oxígeno y por lo tanto se ahoga. No puede respirar. No hace nada mal. Simplemente, deja de hacer lo que está bien. O sea: pagar en tiempo, forma y cantidad, pensiones por discapacidad. Por Alfredo Grande, para Agencia Pelota de Trapo (APe).


Dedicado al compañero y amigo Julio Macera

“Como he dicho en otras oportunidades, en Caleta Olivia aparecen enfermedades poco frecuentes producidas por cianuro y metales pesados en la sangre que derivan en un crecimiento de la mortalidad infantil. ¿Qué punición tiene estos delitos? Estamos garantizando la impunidad con consecuencias de muerte, señaló Alcira Argumedo”. En estos casos directamente se hace lo que está mal, demasiado mal. Ni el cianuro ni los metales pesados forman parte de ninguna dieta. No son ingredientes adecuados. Si el hambre sigue siendo un crimen, la contaminación de la tierra y los alimentos es una masacre más. La cultura represora masacra al no hacer lo que se debe hacer, o al hacer lo que no se debe hacer. Pero siempre masacra. Y la masacre es la constante de ajuste de una democracia que es testaferro (ignoro se existe “testaferra”) de un sistema de exterminio sistemático, planificado, financiado.

Una democracia criminal en tiempos de paz sin justicia. O sea: la paz romana, la paz del vencedor, la paz del victimario. Sin justicia no hay paz. Apenas un pacifismo imbécil que es servil a todas las formas de exterminio. No creo que luego de tantas masacres cotidianas, podamos seguir hablando de “neo liberalismo”. Me parece más adecuado denominar a esta etapa política financiera “neo genocidio”. No es el costo social del ajuste, no son daños colaterales, no son accidentes ni torpezas. Es la continuación por otros medios, ahora más “limpios” del exterminio sistemático de la población considerada excedentaria para los dueños del mundo y sus virreyes locales.

El off shore es la confesión de parte de que hay una economía informal, pero “en blanco”. Blancos, rubios, de ojos celestes, lindos, famosos, perfumados, de suaves pieles y amplias sonrisas. Triunfadores que les dicen. Piratas, delincuentes, evasores, ladrones, mentirosos. El acto no fallido de De Mendiguren es una perla maravillosa. Pero claro que son la corrupción. Pero no solamente eso. Son el crimen organizado en el aparato del Estado.

La economía informal, “en negro”, es la de los propios funcionarios. Está en su naturaleza. Para organizar un “mani pulite” en Argentina no sería suficiente cortar las uñas sino que sería necesario cortar las manos. Entonces se instala el delirio lúcido denominado “inseguridad”. Y cada entradera, salidera, motochorro, secuestro extorsivo, asesinato para robar, etc., no solamente no son combatidos, sino que son fomentados por las autodenominadas fuerzas de seguridad. Que a veces tienen sus propios muertos, pero el calavera no chilla.

La inseguridad es la palabra mágica que habilita todas las estrategias para vulnerar y quebrantar derechos y personas. O sea: el Estado y sus políticas de exclusión y vulneración económica y social, genera los monstruos que justificarán desde el gatillo fácil, al que podemos pensar como masacre minimalista, hasta las masacres de decenas, cientos y miles de personas. Pero como no son al contado, sino en cómodas cuotas democráticas, a pesar de la militancia más combativa, se van diluyendo en el tiempo.

Nos olvidamos de Cabezas y nos olvidaremos de Santiago Maldonado. Son los familiares directos, los más sufridos y desesperados, que sostienen la antorcha de la memoria histórica. Cientos de miles, millones, sufren o fingen demencia. Por eso el neogenocidio se apoya en la negatividad. No se recuerda. No se critica. No se siente. No se anticipa. No se deduce. No se observa. No se piensa. La cultura represora también actúa por sustracción. Esta negatividad es otra forma de pensar la “desaparición”. Lo dijo Videla: “no están muertos ni vivos: no están”.

Firmar una orden de arresto, una orden de tortura, una orden de asesinato, es una positividad peligrosa. Los tiempos pueden cambiar, no demasiado, pero algo. Y entonces algunos caerán. Lo mejor es un cheque en blanco sin firma, para que nadie pueda poner en evidencia su culpabilidad. El astuto Ulises utilizó esa táctica contra el gigante Polifemo. “Mi nombre es Nadie”. Y cuando el cíclope fue atacado por Ulises, los que fueron en su auxilio le preguntaron: ¿Quién te ataca?”. “Me ataca Nadie”. Y entonces se marcharon, abandonando al gigante a su suerte. Ulises lo había dejado ciego perforando su único ojo.

El Estado Represor es mucho más astuto que Ulises y tiene muchos más recursos, que vía impuestos, pagamos nosotros. Pero Ellos con sacar algún porcentaje del presupuesto educativo, sanitario, habitacional, condenan a vida indigna y a muerte segura a decenas de miles de personas. “La primera versión oficial que intentó instalarse fue la de un motín. Hoy, por testimonios de los sobrevivientes (había 19 detenidos en total) y las pericias que se hicieron, los familiares están convencidos de que los policías, al menos, dejaron morir a sus hijos.

Andrea, hermana de Sergio Filiberto (una de las víctimas), enumeró las razones: al comienzo el fuego era pequeño y estaba al alcance de los policías que, en lugar de apagarlo, sólo retiraron del lugar al oficial que custodiaba los calabozos. No descolgaron los matafuegos, no encendieron las duchas (que están dentro de las celdas pero se activan desde afuera), no llamaron a los bomberos, no abrieron las celdas (incluso decían no encontrar las llaves cuando llegaron los bomberos). “No hicieron nada. Los dejaron morir”, afirma Andrea”.

La masacre de Pergamino se inscribe en esa constante de ajuste de la cultura represora. La policía no hizo nada malo. Dejó de hacer lo bueno, que era apagar el fuego, dejar de hacinar presos, cuidar la vida. Simplemente se abstuvo. Negatividad y neogenocidio que asesinaron a 7 jóvenes y destrozaron a familias y habitantes. La democracia no es el mejor sistema entre los malos sistemas. En todo caso, es el mejor sistema para la cultura represora porque tiene una infinita capacidad de encubrir. Para bloquear. Para esconder. Es cultivo puro de negatividad. Solamente pasando de la queja al combate lograremos que los vampiros reflejen su imagen en el espejo.




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