29 de octubre de 2017

Culturas

Al rescate de “La piel dura”

Francois Truffaut retrató a los niños de un modo único en sus películas. En “La piel dura”, film de 1976, sus personajes no son criaturas al estilo Harry Potter ni tampoco desafían a extraterrestres. Son pequeños seres truffautianos enfrentados a algo más terrorífico: lo cotidiano. Por ANRed.


No era la primera vez que el cineasta francés Francois Truffaut realizaba películas con niños. Ya tenía en su haber “Los cuatrocientos golpes” (1959) y “El pequeño salvaje” (1969). Pero “La piel dura” (1976) traía consigo, a diferencia de sus antecesoras, una tropa de niños y con ellos un desfile incesante de momentos cómicos, tensionantes e interpeladores.

Los escenarios en “La piel dura” son tan habituales como las situaciones que se exhiben. Uno de los espacios es la escuela: desde sus aulas se presenta no sólo a los alumnos sino también a los docentes. Éstos encarnan formas de enseñanza contrapuestas y llevan adelante relaciones de empatía o no con los niños. Una de las escenas memorables es aquella en que los alumnos de la maestra Petit deben recitar de memoria un fragmento de “El avaro” del dramaturgo Moliére. Todos parecen leer una lista de supermercado. Sin embargo cuando la profesora sale del aula, uno de ellos, Bruno, se apodera de la clase y da una imponente lección de teatro.

La calle, los negocios y los hogares son los otros escenarios que elige Truffaut. Allí los infantes se enfrentan y se vengan de sus padres (“¡Tengo hambre!”, gritará Sylvie desde una ventana) pero al mismo tiempo los cuidan, tal como Patrick hace con su papá, un hombre en silla de ruedas. “La piel dura” además acerca a los niños y adolescentes al mundo del amor y del sexo. Ellos también quieren descubrir, espiar y besar a alguien.

Hay otras ocurrencias notables en el film como el pequeño Gregory pendiendo de la barra de una ventana; los cuchillos, tijeras y armas de los entrañables hermanos De Luca; o el pequeño Golfier esquilado. Se suceden risas, miradas curiosas y búsquedas de complicidades. En todas las situaciones los niños truffautianos enfrentan lo cotidiano y lo sobrepasan de un modo hasta instintivo. “Los niños son fuertes como una roca”, dirá la esposa del profesor Richet en una conversación.

Lo que diferencia a los adultos de los niños no es pues la cotidianeidad sino la pérdida de la inocencia de los primeros. “Cuando me reía le daba miedo que nos notara la gente”, confiesa la madre de Gregory tras una frustrada cita con un desconocido que conoce por medio del periódico. Y esa breve frase, que parece hasta anecdótica en el film, refuerza ese contraste.

La llegada de Julien a la escuela marcará una diferencia con el resto de los niños y será un paréntesis dentro de la película. Ya el conserje había sentenciado al recién llegado al decirle “No eres uno de nosotros”, frase que reforzará el director al afirmar que el nuevo alumno es un “caso especial”. Julien llega y volverá a irse del colegio por obra y gracia de la “beneficencia pública”. Es hijo de una madre alcohólica y de su padre nada sabemos. Mientras que se exponen los hogares por dentro, la casa de este niño, una vivienda precaria y a la deriva de la ciudad, sólo se ve por fuera. No es necesario recorrer el interior para dar cuenta de la marginalidad. Julien deambula por la ciudad de noche y duerme en la vereda. A su modo sobrevive, aparece y desaparece. Su partida se cierra con un monólogo de Richet, quien concluirá que “la vida es dura, pero también es bella”.

Aquí es indispensable pensar en el propio Truffaut. El cineasta nunca supo de su verdadero padre, tuvo una relación fría con su madre, abandonó la escuela, estuvo en un correccional, pero también fundó un cineclub y fue el protegido del crítico francés Andre Bazin. Todo antes de los 16 años. Por eso es posible que Truffaut haya afirmado que “la piel dura quisiera plantear esta pregunta: ¿por qué se olvida tan frecuentemente a los niños en las luchas que emprenden los hombres?”.

Por último, no es curioso que el escenario donde confluyen los personajes de “La piel dura” -padres, maestros, niños, vecinos- sea una sala de cine. Allí, quizás, como Francois Truffaut, todos encuentren la pasión para hacer un tanto más llevadera la vida.




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