28 de febrero de 2017

Opinión
Culturas

¿Errar es humano o errar es negocio?

El domingo 26 de febrero de 2017 la Academia de Hollywood realizó la 89 edición de los premios Oscars. Al momento de darse a conocer la mejor película ocurrió un error inesperado. Los encargados de entregar el galardón anunciaron un film equivocado. Sabemos que errar es humano, pero también sabemos que en el capitalismo errar puede ser un gran negocio. Por Profesor Mariano Scovenna para ANRed.


Los seres humanos somos imperfectos por naturaleza. Nos sabemos frágiles y finitos. Somos conscientes y temerosos de nuestro fin. De allí que nos fascina y atrae la perfección. La buscamos porque de algún modo, con estas acciones estamos combatiendo lo inexorable de la muerte. La muerte, nuestra principal imperfección. Tal vez, nuestro mayor error.

El imperio conoce los profundos temores del pueblo y trabaja para que ocupemos el lugar que les permita seguir siendo hegemonía. Las elites culturales internacionales nos quieren mansos, pasivos, inocentes y consumidores. Si no lo logran con mecanismos tradicionales, lo intentarán llevando adelante novedosas estrategias. Saben de nuestra fascinación por la perfección y perciben el embrujo que ejerce sobre nosotros la fuerza del error.

El domingo 26 de febrero de 2017, cuando los argentinos celebrábamos el segundo de “los cuatro días locos” de carnaval, se llevó a cabo la 89 entrega de los Premios Oscar en el Dolby Theatre de Los Ángeles (Estado Unidos). Ese día, al igual que en las ediciones anteriores, Hollywood intentó vendernos que la ceremonia pertenecía a las estrellas y que nosotros, los imperfectos del mundo, sólo podíamos acceder a ella admirando sus destellos de exquisitez. Acontecimientos previstos y ensayados, como la alfombra roja o los turistas que ocuparon el centro de la escena, se sucedieron sin grandes sobresaltos durante la transmisión.

Nada hacía pensar que la celebración fuera demasiado distinta a las de los últimos años. Los amantes del séptimo arte, al igual que los espectadores y consumidores de todo el planeta, aguardábamos la monótona transmisión de una fiesta exclusiva a la que sólo nos invitan por TV y redes sociales. Lo más osado que se esperaba era algún discurso anti- Trump.

Pero nos equivocamos, ese caluroso día de carnaval recibimos un inesperado baldazo de agua fría. El evento disruptivo que marcó un hito en la entrega de los premios sucedió cuando dos actores devaluados de Hollywood anunciaron equivocadamente al ganador de la mejor película del año. Con el error, intencional o casual, lograron poner en boca de todos a las producciones cinematográficas que querían promocionar.

El revuelo que se armó fue enorme y los sitios de noticias más importantes del mundo levantaron lo acaecido. La mayoría presentó el acontecimiento cómo un papelón inédito para la Academia. Sin embargo fueron pocos los medios que abrieron el juego a las preguntas y se animaron a reflexionar sobre lo ocurrido.

En principio podríamos pensar que realmente se trató de un error. Pero atendiendo a que sucedió en el centro mismo de la industria hegemónica del entretenimiento, se vuelve difícil creer inocentemente que se trató sólo de un ruido en la ceremonia.

Hace años que la faraónica industria del cine estadounidense no mueve los millones de dólares que supo mover. Incluso hace una década, por lo menos, que la televisación de la entrega de los Oscars no tiene la relevancia que tuvo durante el siglo XX. Pareciera ser que, últimamente, los mansos consumidores del planeta ya no compran la perfección de las estrellas que destellan exquisitez.

Por este motivo no sería descabellado imaginar que Hollywood, conociendo el embrujo que ejerce la fuerza del error haya orquestado semejante acontecimiento disruptivo en el corazón de su propia industria para reposicionar sus productos (Films, televisación, actores, directores, etc.) revalorizar sus discursos y revitalizar sus mercados. No olvidemos que el año que viene La Ceremonia de los Oscars cumple 90 años y La Academia necesita tener una gran audiencia. Pareciera ser que el error les preparó el terreno para los festejos, a la vez que les auguró un futuro con grandes recaudaciones a los cineastas en cuestión.

Por supuesto que no estamos en condiciones de afirmar que esto haya ocurrido así. Quizá nunca sabremos cabalmente por qué sucedió lo que sucedió aquella noche de carnaval. De todos modos, no está de más aclarar que estamos ante expertos que saben cómo captar nuestra atención y lograr que miremos para otro lado mientras los acontecimientos siguen el curso que ellos pergeñaron.

Yo no sé si Warren Beatty estaba al tanto o no, tampoco sé cómo llegó el sobre equivocado al estrado. Sólo sé que las elites culturales no están dispuestas a perder dinero, ni a negociar su lugar hegemónico en un campo que está en constante tensión. Por esta razón creo que son capaces de elaborar estrategias de expansión que muestren una debilidad aparente, para seguir imponiendo cultura.




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