11 de febrero de 2017

Culturas

“La cultura no es un privilegio de la burguesía”

Elías Alejandro Fernández entrevistó a Kike Ferrari, escritor argentino ganador de múltiples premios nacionales e internacionales (Cuba, Francia y España), metrodelegado y trabajador en mantenimiento de la estación Pasteur-Amia de la línea B de subte en el turno noche, quien afirma: "Cada vez que venían a preguntar, ’che, qué raro, como sentís estas dos vidas’ y yo ’no, ningunas dos vidas. Ustedes son unos trastornados que creen que los trabajadores somos todos monos que no sabemos hacer nada’. Y los trabajadores hacemos obras de teatro, vamos a bailar flamenco, escribimos novelas, pintamos cuadros. Si nos da la nafta hacemos una peliculita o por lo menos lo imaginamos, no sé, tocamos la guitarra, un montón de cosas". Por Mundo con Libros / Foto: Alejandro Guyot.


Enrique “Kike” Ferrari -apodo con el que se lo conoce desde la adolescencia- tiene tres trabajos: es maestranza del turno noche en la estación Pasteur–Amia de la línea B de subterráneos, delegado sindical de base y escritor de género negro premiado en varios países, con una obra que arranca en el año 2004 con la publicación de su novela “Operación Bukowski” y continúa hasta hoy, con el reciente libro de cuentos “Nadie es inocente”.

“Está bueno el laburo sindical”, dice Enrique mientras se cambia los pantalones de calle por los de trabajo en una silla de plástico. “Me permite desalienarme un poco del laburo en sí, que es barrer el piso, sacar mucha basura, bastante de mierda, la verdad, en un horario en el que yo debería estar abrazado a mi esposa durmiendo. Ponele”.

Son las once de la noche. Luego de corroborar que no haya pasajeros en los andenes, cierra todas las puertas de acceso a la estación y detiene las escaleras mecánicas con una llave maestra. La gaveta en la que nos ceba unos mates con el dispenser de agua caliente está repleta de referencias a River Plate, el amor de Kike complementario a sus tres hijos. Es un espacio de aproximados metro y medio por metro y medio acondicionado lo mejor que se puede.

-¿Solés escribir de noche?

-Yo escribía de mañana históricamente. Escribía sábados y domingos a la mañana. Tenía durante varios años laburos de lunes a viernes y a Sol (mi mujer) en igualdad de posibilidades le gustaba dormir más que a mí. Y entonces me despertaba temprano -a las nueve, a las diez- los sábados y los domingos y escribía hasta la una, ponele. Después de entresemana corregía, quizá, pero no. Ahora esas tres horas no las tengo nunca. De vez en cuando, cuando el proceso está más avanzado puedo ponerme más que nada a corregir, porque lo que tengo son ratitos. En ese sentido el proceso de escritura está un poco dificultado por mi tarea, en realidad. Y por los tres hijos, a la vez. Los dos chiquititos han sido un cimbronazo para mi tarea como escritor y para todas las demás.

-Y ¿cómo percibís en este momento el acceso de los autores argentinos a la posibilidad de darse a conocer? Vos que publicaste en otros países mucho antes que acá.

-Yo empiezo a ver una distorsión en mi perspectiva. Yo batallaba para poder publicar, para ingresar al mundillo de las letras. Por pequeño que fuera, se entiende. No soy Claudia Piñeiro, no soy Pablo Ramos, Andrés Rivera, no, un lugarcito chiquitito entre unas pocas personas que saben quién soy. Y de las pocas personas que saben quién soy hay un grupito chiquito que me leyó. Pero cuando yo estaba un poquito más atrás escuchaba a cualquiera que estaba donde ahora estoy yo decir algo como “bueno, publicar está difícil, pero le dan un poco de tesón y publica cualquiera, es cuestión de paciencia, la publicación llega”, y me daba una bronca bárbara. Porque me parecía que me estaban sobrando. Y en realidad la sensación que tengo ahora es esa. Con “un montón de trabajo”, si te agarra escribiendo, si tenés un mínimo de lectura crítica de vos mismo, si el laburo está más o menos bien hecho… Se lee muy bien, en este país. Hay mucho payaso que publica, también, mucho payaso que es leído, inclusive, pero hay un promedio de lectura bastante piola. Entonces la publicación te tiene que encontrar trabajando. Y tenés que estar haciendo un laburito más o menos decente. Si vos manejás esas dos variables yo entiendo que más temprano o más tarde, en general temprano, se puede publicar. Ahora: yo hace doce años que publiqué mi primer libro. Y hace siete que gané mi primer premio importante. Y esa poca gente que me conoce y dentro de la poca gente que me conoce la que me leyó me conoció sobre todo en los últimos seis meses porque salieron notas por todas partes que dicen que barro el piso. Entonces también hay una cosa del azar, ahí. De en qué esquina cuelan el personaje tuyo que tiene poco que ver con tu trabajo.

-Te convirtieron de alguna forma en “el escritor proletario”.

-El escritor proletario, sí, tal cual. Sí, le decía a una piba, una francesa que me preguntó “¿no te jode a vos esta etiqueta?”. Y es rarísimo lo que vos me preguntás, porque si a mí me hubieran ascendido, -no que trabajara en la facultad dando clases de literatura, que eso no asombra a nadie- si yo en lugar de estar trabajando acá estuviera vendiendo boletos la nota no existe. La nota es “yo trabajo en el fondo de la escala laboral, limpio caca de ciruja y soy artista”. Bueno, como sea bienvenido sea. Porque de cualquier otra forma hubiera sido el escritor karateca, el escritor hincha de River, el escritor tomabirra. Todas me sirven, no me importa, siempre y cuando eso lleve al texto y yo dialogue con más gente.

-¿Hay como un aura que lo termina personificando al autor por encima de lo que es su obra?

-Claro, lo que pasa también es que es un laburo difícil bajarse de ahí. Yo pienso: por suerte los quince minutitos de fama se acabaron. Porque yo lo que tengo que hacer ahora es aprovechar este impulso que hubo y salir de ahí. Yo aspiro a que dentro de un año no me pregunte nadie más donde trabajo.

-Que te pregunten si estás escribiendo algo nuevo.

-Yo entiendo que lo que va a pasar es que de última voy a filtrar para que me pregunten de pronto sobre el laburo gremial, no más. El tema que yo soy un laburante manual se diluye un poco. Se le puede dar como a todo lo demás una voltereta política, que era lo que a mí me interesaba. Cada vez que venían a preguntar, “che, que raro, como sentís estas dos vidas” y yo “no, ningunas dos vidas. Ustedes son unos trastornados que creen que los trabajadores somos todos monos que no sabemos hacer nada”. Y los trabajadores hacemos obras de teatro, vamos a bailar flamenco, escribimos novelas, pintamos cuadros. Si nos da la nafta hacemos una peliculita o por lo menos lo imaginamos, no sé, tocamos la guitarra, un montón de cosas.

-Sí, tenés que laburar para poder mantener tu materialidad.

-Claro. Pero la cultura no es un privilegio de la burguesía. Yo cuando escribo no estoy haciendo arte. Yo no soy un pelotudo dadaísta, soy un trabajador de la narrativa. Yo escribo historias. Me rompo el culo para que el lenguaje entre en lo que yo quiero decir. Peleo un montón con mis personajes para que sean coherentes y creíbles. Completos. Y le meto horas y horas para que las historias no se me vayan al carajo, y que den cuenta de lo que quiero contar. Entonces es un laburo que quizá tiene menos esfuerzo físico que levantar baldes, pero es un laburo.

-Que te lo plantean como un privilegio artístico.

-A mí Clarín me pidió una nota para ‘Mundos Íntimos’ que no la pude hacer. Les mandé una nota con lo que yo estaba dispuesto a escribir y me dijeron ‘no es esto lo que queremos, lo que queremos es que nos cuentes la diferencia entre el mundanal barro y el mundo etéreo de las artes’. Yo necesitaba la plata. Pero no puedo escribirla. Además de que no me pasa, es opuesto a lo que yo quiero que sea dicho. Así que hoy mismo necesito esa plata.

-La relación entre tu literatura y la política. ¿Desde dónde parte?

-Yo por supuesto tengo una mirada política y una intención política de mi literatura, pero los tiempos de la literatura y los del realpolitik son distintos, entonces me parece que no lo puedo pensar así. No es un volante. Seguramente lo que yo escriba va a partir o va a generar unas preguntas o voy a estar haciéndome unas preguntas a esta coyuntura actual o a la coyuntura anterior que permitió esta o a cualquier otra variante. En mi caso la relación entre la literatura y la política se da muy naturalmente. No digo espontáneo porque nada es espontáneo, pero quiero decir: yo pienso en política un montón de horas por día. Entonces cuando me siento a escribir eso se filtra en lo que escribo, y es una preocupación constante en mi vida en general, el mundo horrendo e injusto en que nos fue dado vivir. Entonces por supuesto, cuando cuento historias cuento historias de un mundo injusto y horrendo, y naturalmente señalo a los más horrendos e injustos cada vez que puedo. Pero no corresponde a un programa, digamos, no es en el sentido del realismo socialista, ni siquiera de Brech.

-Son situaciones que sencillamente describís.

-Es que además es una cosa muy íntima. Es como los chistes. El humor, la humorada, lo que a vos te sale. El tipo que vive pensando en culos hace casi todos chistes que terminan en culos, los que viven pensando en futbol casi todos los chistes tienen que ver con lo que pasó el domingo, con que si Riquelme “está felí” o qué pasó con Messi o el silencio atroz o si el panadero tiró gas pimienta, todos chistes que yo hago, en cualquier caso. Y si vos estás mucha parte de tu tiempo o es un interés importante en tu vida la política es probable que se te ocurran chistes o humoradas a partir de la coyuntura política. Y esas humoradas tengan una intención hacia un lado. No hablar de las enaguas de Hebe de Bonafini. Uno hace unas humoradas sobre los malos, en general. Y la literatura medio que juega con el humor, me parece.

-¿Y la política por fuera de la literatura? Hablanos de tu actividad sindical.

-Cuando salís de la propaganda, del agite, de lo testimonial, cualquier cosa que hagas modifica la vida real de la gente. Para bien o para mal. Cada discusión que vos llevás adelante en general tiene un rebote en algo que va a pasar. No es joda. Vos te equivocás y te equivocás una bocha. Y más que nunca entonces se te bajan los humos de la iluminación y uno hace política con otro, porque si te llegás a equivocar nos va a costar el aumento de este año, entonces equivoquémonos todos. Lo que tiene este sindicato por lo menos es como una sensación de que se pueden mover los límites de lo posible. Los compañeros no evitan el posibilismo. Entonces casi cualquier idea está sujeta a discusión. Casi todo puede ser.

-Volviendo a la literatura, ¿vos creés que esta cuestión que nombraste antes de que hay mucho payaso que publica y que hay mucho payaso que es leído está ligado a una industria editorial crea a esos personajes?

-Andá a saber. Sí, en la industria hay algo de máquina de hacer chorizos, también. Cuando algo funciona es replicado. Pero para no cargarle todas las culpas al sistema, que las tiene casi todas, quiero decir que también en editoriales chicas y en el mundo del género en que yo publico y en un mundo todavía más chiquito en que nadie se lleva ninguna moneda hay mucha gente que escribe con los codos. Y es leída por gente que lee con las rodillas, no sé con qué leen. Entraríamos acá en una vieja discusión sobre la objetividad y subjetividad en el arte, entonces ‘quien soy yo para decir esta cosa de que escriben con los codos’. Bueno, si en una página hay dieciocho veces adjetivos terminados en “mente” y uno es “mentalmente”, está escrito con los codos. Y se publica eso. La gente lo lee, y la gente lo lee y lo aplaude. Y no es en el mundo de las grandes editoriales, no es Andahazi que bueno, no sabe escribir y las historias son todas iguales y no se sostienen pero lo fabricaron porque es lo que la derecha quiere que sea la literatura, como una versión en tapa dura de la revista Caras. Pero también pasa en unos ámbitos más bajos, más under.

-¿Entonces es una cuestión de qué?

-También es del mal gusto. El trabajo hecho sin sinceridad, hay de todas partes.

-Bueno, la pregunta que por ahí no te habían hecho antes: ¿Estás escribiendo algo?

-Estoy escribiendo algo, sí. Empecé dos novelas que dejé y siguiendo los pasos de Paco (Taibo) que dice “si uno tiene dos novelas estancadas la única forma de desestancarlas o una de las formas es escribir una tercera”. Lo que se acerca bastante a una forma de locura. Y empecé una tercera novela que avanza lentamente pero que pareciera que va a ir a algún lado. Es una novela en la que voy a jugar un poquito con la ciencia ficción. Es como una versión troska de Terminator.

-Ah, bueno (risas). Habías hecho algo así antes, con Sherlock Holmes.

-Claro, es lo que hice con el género negro. Antes de entrar a un lugar camino un poco los bordes, miro, tanteo los límites y las herramientas que se pueden usar. Y cuando encuentro la historia la cuento. A veces sale y a veces no sale. Esta pareciera que va a llegar a destino, que se va a dejar contar.

-¿Hacia dónde pensás que mutó la literatura? El género narrativo está muy presente, quizá, en forma de serie, que vino a desplazar a la industria del cine con guiones bastante elaborados.

-Hay algunos programas de difusión cultural. Algunos mejorcitos, otros no tan buenos. Algunos muy interesantes, está este donde me invitó a mí Quiroga, que es un tipo que está hace muchísimo tiempo y hace un laburo muy piola. Pablo Ramos tenía un programa que se llamaba “El animal que narra”, una cosa así, que cada vez se entrevistaba con un escritor y hablaban de un relato específico, una novela. Está buenísimo. Y después sí hay unas cosas bastante interesantes que sucedieron y no sé si van a seguir sucediendo, que tienen más que ver con los usos de la literatura. Pienso en la miniserie Los Siete Locos, que salió en 2015, o las charlas que dio Piglia en la TV pública.

-Piglia fue también guionista.

-Fue guionista en Los Siete Locos, también. Pero digo: las charlas estas que dio, cuatro charlas magistrales sobre Borges y momentos de la novela argentina en la historia fueron todas cosas esplendidas. Un intelectual del calibre de Piglia a las nueve de la noche de un sábado, teniendo aire para hablar sobre nuestro escritor mayor es una locura. Y probablemente no vaya pasar en esta etapa. De momento me parece que ahí hubo una cosa interesante y después sí, esto que vos decís, hay mucho escritor volcado al guión. Se abren algunas puertas, se entiende que ahora las pantallas chicas van a estar un poco más difíciles para las historias más extremas, entonces se va a volver un poco a la pantalla grande. Hay algunos compañeros que están haciendo miniseries y va a haber como cierto traslado del trabajo del capital humano de un lugar a otro.

-Que fue igual lo que pasó en varias etapas de la industria del cine, en las huelgas de guionistas…

-Sí, lo que pasa es que sí aprendimos algo de todas las otras veces, debiéramos encararlo de alguna otra manera para que no sea un sufrimiento como en aquellas otras oportunidades. Pero se ven ficciones muy lindas, muy buenas. Muchas de las cuales están un pelín por encima de la industria del cine.

-Y ¿qué le pide el público al escritor?

-Yo creo que depende el ámbito. El mundo de los lectores es un abanico muy amplio. Lo que creo que es común en el grueso de aquellos que están involucrados con la literatura en tanto consumidores, es cierto deseo porque que el escritor sea igual a sí mismo.

-¿A como escribe?

-No, a la idea que el lector tenga de ese escritor. Entonces espera que Abelardo Castillo sea flemático y aparezca poco. Y se espera que Leo Oyola sea del conurbano y diga cosas de bailar. Y sea amiguero. Y si alguien esperara algo de mí sería que haga algún comentario político en medio de lo que estoy diciendo y que diga alguna mala palabra. Y se espera del pelotudo de Terranova que haga alguna provocación ultraderechista. Me parece que hay eso: una tendencia a pedir que el escritor sepa que es casi el mismo. Que cuando es a la persona publica, no es tan grave. Porque es casi lo que uno le pide a los amigos, o a los familiares. “No te vendas”. Pero es más difícil cuando se refleja en la literatura, y eso sí es un peso que hay que intentar esquivar. Que yo veo bastante patente, y no estoy seguro que a los lectores habituales de Fabián Casas les gustara que él aparezca con una novela instalada en la Alemania de 1824. Me parece que se sentirían desilusionados y molestos. Traicionados en su deseo, porque no está diciendo cosas de Boedo y filosofía. Y me parece que hay que tratar de rajar de ahí. Que hay que salir del lugar de comodidad, que hay que salir del lugar de lo que se espera que hagas, que hay que ponerse el cinturón blanco cada vez que uno pueda. Arrancar otra vez, y ponerse en estado de incertidumbre, dice Casas, que es una frase de él muy linda.

-Una vez que encontrás una fórmula que te funciona, abandonarla.

-Tratar de dejarla un rato, aunque sea, o usarla para otra cosa. Testearlo en otro marco, a ver si funciona también. Tratar de romper un poquito con vos mismo. Porque lo que es importante que vos te lleves a la literatura va a estar igual. Es lo que hablábamos al principio. Después hay distintas cosas que se esperan en distintos lugares. Hay un coto más chico, el que yo conozco mejor que es el del género negro que es que estemos todos todo el tiempo con todo, y se espera mucho amiguerío y mucha reclamación. Y en otros lugares seguramente se esperan otras cosas, en el circuito de la poesía, seguramente al ser más reducido todavía debe tener unas características propias. El lector de feria del libro debe esperar de sus autores preferidos un autógrafo, como si fueran Pablito Aymar, o Charly García. Pero me parece que lo que unifica todo eso, lo que es el común en todos esos distintos lectores es como la esperanza de que el escritor sea más o menos igual no a sí mismo en lo que el tipo es, sino a sí mismo en lo que el lector espera.

-¿Pasó a ser más importante el escritor que su obra?

-En un montón de casos yo entiendo que sí.

-¿Tendrá que ver quizá con un giro hacia una cultura de lo audiovisual, del texto breve, la cita, Facebook?

-No sé. Me parece que sí hay en como se escribe una injerencia muy importante de lo audiovisual. El otro día no me acuerdo quién me preguntaba por qué la mayoría de los libros de los que estamos escribiendo uno los lee y piensa que fácilmente podrían ser llevados al cine. Y es porque todos crecimos con el cine. El cine tenía toda una vida cuando nosotros llegamos acá, entonces estamos cruzados por eso. Miramos la tele. Y las formas más nuevas, si bien todavía no han terminado de filtrar o de colar en el entramado. No pienso en lo formal, en ‘bueno, escribamos la novela epistolar del siglo XXI entre mail y whatsapp’. Todo lindo, pero eso es una paja formal. Que lo podés hacer si hay una historia que lo requiere. Sino es para hacerte el canchero. Pero por supuesto que todas las formas de comunicación vienen a mover el amperímetro de la relación entre el lector y el escritor. Para mí lo que es más fuerte de las redes, sobre todo, es el nivel de cercanía. Entonces ahí si el lector supone muchas veces que puede reclamar una cosa en lo personal, una coherencia porque Facebook dice que es tu amigo. Probablemente en algún punto entienda que es tu amigo. En realidad yo no soy amigo de Andreu. Me tiene de contacto en Facebook y me lo crucé en dos festivales. Pero yo amigo soy de Daniel. De Juan Matios. Sí me parece que modificó radicalmente las relaciones entre los autores- sobre todo los autores más del raso- y sus lectores. Y que si uno no anda con cuidado puede ser que eso te lleve un poquito puesto.

Fuente: Mundo con Libros




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