14 de noviembre de 2016

Territorial

“Yo quiero que paguen los culpables, no el Estado, porque si paga el Estado paga mi amigo, mi vecino, el pobre”

Violencia policial, propuestas de asentamientos ilegales y un negocio inmobiliario fueron las causas del desalojo y la destrucción del hogar de una familia de productores agropecuarios en la localidad de Ministro Rivadavia, al sur del conurbano bonaerense. Hoy viven en la calle. Literalmente en la calle. Y continúan reclamando justicia. Matias Tkaczuk para ANRed


Héctor Velazquez es un hombre de 62 años, de semblante tranquilo y manos curtidas por tantos años de trabajar la tierra. Sobre la casilla ubicada en la calle Estanislao Ceballos al 500, donde vive con su esposa Ana y sus cuatro hijos, flamea una bandera del Movimiento Nacional Campesino Indígena (MNCI), organización a la cual afirma, le debe el haber “vuelto a vivir”.

Hace un poco más de dos años, el 21 de octubre de 2014 para ser más precisos, un grupo de más de cien policías irrumpió en su campo y destruyó todo lo que encontró a su paso. “Me golpearon a mí y a mi familia, destruyeron los corrales y los cultivos, mataron a mis animales y nos echaron a la calle”, relata el chacarero mientras ceba mates en una mesa que está ubicada sobre los escombros de lo que según afirma solía ser el living de su hogar.

Su antigua casa se encontraba dentro de la chacra donde aún hoy continúa criando chanchos, ovejas, gallinas y cosechando todo tipo de frutas y verduras para alimentar a su familia y a los vecinos del barrio.
“Los compañeros del Movimiento y los vecinos son los que me mantienen de pie, luchando”, afirma Héctor y asegura que después de todo lo que tuvo que pasar con su familia el se siente “como una planta a la cual plantaron en verano y se quiere morir, pero que gracias a que alguien le hecho agua, volvió a vivir”.

El Conflicto

La mañana del 21 de octubre de 2014 Héctor se levanto temprano como de costumbre, puso la pava y salió a la calle a tomar mates con su mujer Ana. Cuando levantó la vista observó a un gran grupo de policías, autos y patrulleros a tan solo quinientos metros de su casa, pero como su campo está ubicado a cien metros del Aeroclub Longchamps supuso que los uniformados se dirigían hacia la pista de aviones. De un momento a otros más de cien policías rodearon su propiedad y comenzaron a avanzar en dirección a su casa. El comisario le preguntó si su nombre era García, y ante la negativa del chacarero le informó que lo iban a desalojar.
“Yo les dije que me tenían que avisar, me patotearon y les respondí que hace 40 años que vivía acá, discutimos hasta que llego el abogado de la constructora Colombi y me dijo que yo tenía que salir porque en el predio debían hacerse countrys y que esta no era una zona para los negros”, asegura Don Velázquez a dos años del conflicto.

A Héctor lo ataron y arrastraron más de cien metros hasta la calle esposado sin ningún tipo de explicación ni orden de desalojo de por medio. Al momento de la detención la familia de chacareros producía alrededor de 100 chanchos, más de 200 gallinas y 40 ovejas que murieron a raíz de la violencia con la que actuó la policía.
Durante los meses siguientes al desalojo la policía montó guardia en el lugar, impidiendo la entrada de Héctor y su familia a la chacra. Debido a que la policía solo permitía el ingreso durante tres veces al día para que la familia alimente a los pocos animales que quedaban vivos, la familia se vio obligada a improvisar un “rancho ” con chapas y maderas sobre la calle en donde continúan viviendo hasta el día de la fecha.

Los motivos

“Esta fue una causa política”. El chacarero lo afirma de manera tajante. Cuatro meses antes del episodio violento, Héctor se encontraba en el chiquero alimentando a sus cerdos cuando se le acercó un hombre de apellido García que aseguraba ser el director del plan vida. El supuesto funcionario le ofreció a Héctor lotear dos hectáreas de su campo para hacer un asentamiento a cambio le ofrecía 10 mil pesos por terreno.

“El (García) tenía un basural clandestino y guardaba complicidad con el Municipio, yo le hice la denuncia porque comenzaron a tirar cascotes en mi lote y al tiempo me desalojaron”, denuncia Héctor, quien asegura que estas situaciones se deben a la complicidad de la policía y el gobierno municipal con los empresarios inmobiliarios que ven en estas tierras un posible negocio debido a la cercanía con el “Aeroclub Longchamps”.

Luego del violento desalojo y ante la negativa a la propuesta del supuesto funcionario para “lotear” su campo y realizar un asentamiento Héctor sufrió amenazas constantes y atropellos por parte de la policía de la provincia que a raíz de la presencia y el asesoramiento del MNCI ya no suele acercarse al lugar.

La tierra

Hace 10 años que Héctor vive de la tierra. El chacarero, hijo de una familia de productores de Misiones, arribó a Buenos Aires en el año 1978 en búsqueda de trabajo. Cuando llego a Ministro Rivadavia se encontró con una fábrica de ladrillos administrada por militares, acostumbrado a las zonas rurales supo adaptarse rápidamente y consiguió empleo como leñero en los hornos de ladrillo.
Durante la dictadura militar los terrenos donde hoy se encuentra la chacra de Velázquez eran explotados para la producción de ladrillos. Mas de cien hectáreas de tierra se volvieron infértiles debido a la explotación del suelo. Hoy Velázquez es uno de los pocos productores de la zona y tiene más de 7 hectáreas de terreno repletas de verduras y frutas.

“En el 83 cuando volvió la democracia se fueron todos y el que sabía de campo quedaba en el campo, el que no iba en búsqueda de changas. Yo como amo el campo me quedé a trabajar la tierra, esperando una solución que nunca llegó“, asegura Héctor y agrega que cuando todos se fueron “Nadie llegó a reclamar, porque la tierra no valía nada, pero hoy que las tierras valen algo a raíz de nuestro esfuerzo, los empresarios inmobiliarios se interesan en construir countrys”.
Gracias al asesoramiento de los abogados del Movimiento Nacional Campesino Indígena Héctor conoce sus derechos y se resguarda bajo la ley 24.734, que bajo la figura de usucapión, establece el derecho a la propiedad de un inmueble si éste ha sido ocupado por 20 años de forma “pacífica, continua e ininterrumpida”.
Si bien las fuerzas de seguridad ya no merodean la región, el chacarero continúa exigiendo que los culpables de la destrucción de sus campos le retribuyan el daño que le causaron a él y a su familia.

Soberanía alimentaria como estilo de vida

El día 22 de Octubre de 2014 Héctor volvió a su casa luego de estar preso durante un día en la comisaría. Cuando regresó a su campo se encontró con su casa destruida, hecha escombros. Se sentó en la vereda, no sabía si limpiar o tirar todo a la basura, los animales estaban muertos y las plantaciones destruidas. Cansado y sin saber bien qué hacer armó una carpita y se durmió. Se despertó al otro día a las 8 de la mañana y vio llegar a un señor alto de pelo largo que se presento como Lucio, era del MNCI. Lucio le pregunto todo y Héctor le contó su historia mientras el recién llegado tomaba notas y realizaba llamadas por su celular. Al tiempo comenzaron a llegar cada vez más personas, preocupadas por su situación, en ese momento comenzó la lucha.

“Me trajeron comida, la carpa, me asesoraron, el municipio nos dio la espalda y comenzamos a organizarnos entre nosotros. Me ayudaron a hacer una casita sobre la calle y me brindaron su contención”, relata Héctor mientras se toma el último mate y vuelve a cargar la pava.

“Soy un chacarero, vivo de la tierra, no tengo jubilación ni pensión por discapacidad porque siempre pensé no solo en mi si no también en los demás, porque no me interesa cobrar nada, simplemente trabajar por lo mío”, afirma Héctor
En la quinta de Velazquez hoy producen toda clase de verduras, frutales y animales. Antes de que destruyeran todo solo se dedicaban a la producción de animales porque la tierra no estaba preparada ni en condiciones para ser plantada, pero las circunstancias lo llevaron a él y a su familia a tener que “rebuscárselas” para alimentarse y salir adelante.

“Acá somos más de diez personas que comemos de esta producción, mas sus familias. El día que me sacaron la tierra me generaron muchas contradicciones porque los políticos no entienden que si nos niegan nuestro derecho a trabajar, nos están excluyendo, y eso a la larga genera violencia y pobreza”, sentencia Héctor con la sabiduría de quien ha vivido muchos años de la tierra.

El productor que asegura haber cursado sus estudios primarios hasta el cuarto grado hoy vive de la venta de bolsones de comida y gracias a la ayuda del MNCI comercializa sus productos en la feria municipal de productores de Almirante Brown en donde todos los sábados asiste con su familia para vender frutas y verduras que cosecha en su quinta.

Héctor asegura que el “Movimiento” lo ayuda constantemente con el arado de la tierra, prestándole sus maquinas y regalándole las semillas que necesita para plantar. Con la humildad de alguien que lo ha perdido todo y aún así se ha vuelto a levantar el productor oriundo de Misiones asegura que hoy se siente “independiente” de nuevo y puede producir por su propia cuenta siempre agradecido por el constante apoyo.

“Yo quiero que paguen los culpables, no el Estado, porque si paga el Estado paga mi amigo, mi vecino, el pobre. Yo quiero que el que hizo el daño pague, porque si el estado se hace cargo del dinero que me tendría que dar para construir mi casa podría construir una escuela, un puente, pintar un jardín de infantes y eso no me parece justo. Yo quiero que el que hizo el daño pague el daño y que el estado simplemente reconozca mi porción de tierra para poder producir y vivir tranquilo”, confirma cuando es consultado por los daños que sufrió.

El chacarero asegura que trabajar la tierra le genera estar bien consigo mismo, le da una cierta independencia a la hora de “darle una mano” a los demás. “Un día llega alguien acá y me dice que tiene hambre y le doy una gallina, una docena de huevos. “Para mí la tierra es vida, es todo, creo que en la ciudad me muero, prefiero estar con mis animales, en el campo”, asegura ante la mirada cómplice de Ana que se ha sentado a la mesa a compartir la ronda de mates luego de terminar la larga jornada de trabajo en la Chacra Velázquez.




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